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Conflictos sociales

El rostro de la maldad

El sexto largometraje de Everardo González entraña la cara de la violencia en México a partir de los testimonios de víctimas y victimarios. En entrevista para La revista ambulante y el sitio EnFilme, el director revela sus motivos para realizar el documental y la ruta de construcción de esta historia de dolor.

Por Alfonso Flores-Durón y Martínez 

16 May 2017

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En uno de los momentos significativos de Los ladrones viejos: las leyendas del artegio (2007), el mordaz y tragicómico segundo largometraje documental de Everardo González, el personaje principal del filme habla de los códigos sobre los que basaba su proceder al desarrollar el que consideraba su oficio: ser ladrón. «Una de las dos reglas principales que tenía era no lastimar a nadie adentro de una casa», revelaba El Carrizo, esclareciendo, además, que sería incapaz de dejar a una familia desamparada. «¿Que yo le mate a usted dentro de su domicilio? No lo puedo hacer», puntualizaba ufano, añorando el México de los setenta y ochenta, pese a que el lamento lo hizo hace diez años.

El México del 2017 es muy diferente. La violencia campea en nuestro país, en todos los niveles sociales, de distintas maneras y, por supuesto, los criminales (de poca o mucha monta) no sólo la explotan como instrumento primordial de su actividad, sino que han normalizado su uso extremo, negándole a la vida del otro su humanidad. El proyecto de La libertad del diablo, sexto largometraje de Everardo, surgió «cuando se empezó a hablar de desaparecidos en México como algo cotidiano», comenta el realizador. El libro Fuego cruzado, de Marcela Turati —que da voz a las víctimas del crimen organizado—, con su estructura coral —misma en la que Everardo se ha apoyado a lo largo de su filmografía—, le hizo reflexionar sobre sus propios juicios morales. «Comencé a cuestionarme muchas de las cosas que aparecen en esta película, por ejemplo, si sería capaz de cometer actos de venganza o no, o si sería capaz de perdonar…».

En La libertad del diablo somos testigos de las confesiones tanto de sicarios del narcotráfico que a cuadro describen sus crímenes — secuestros, torturas, asesinatos— como de familiares de víctimas de estas atrocidades, que hablan a cámara del sufrimiento agudo que han vivido desde el día maldito en que su hermano, madre, padre o hijo fueron levantados por el narco; también de militares y policías que nos comparten sus experiencias lidiando con esa atroz realidad o, incluso, tomando partido del lado de los victimarios.

La libertad del diablo es, incuestionablemente, la consolidación de una trayectoria que se ha dedicado a indagar quiénes somos los mexicanos y, en última instancia, por qué estamos como estamos a nivel social.

Me interesa ser una especie de cronista visual de este tiempo. Quiero que el trabajo que yo haga deje un testimonio de lo que nos está tocando vivir hoy”, precisa Everardo.

Con esta película, al mismo tiempo frontal y estilizada, consigue, al hacer hablar de cosas tan terribles y tan íntimas a sus interrogados, zarandear nuestra mente y confrontarnos con nosotros mismos, con nuestros miedos más profundos, con la impredictibilidad de nuestros instintos cuando se nos coloca en una situación límite, con la responsabilidad que compartimos —inclusive desde la indefensión— de haber llegado al lúgubre punto en el que nos encontramos actualmente en México.

«¿Qué tanto como sociedad somos responsables de lo que está ocurriendo?, ¿cuál es la cuota de sangre que socialmente pedimos? Los medios ayudan, el modelo económico contribuye muchísimo, las aspiraciones modernas otro tanto…», cuestiona y responde Everardo, desde una serenidad trabajada. En un país en el que no hay castigo social para quien delinque o corrompe, y que premia al que tiene dinero sin importar su procedencia, se van enviando firmes mensajes a los jóvenes y a los menos favorecidos.

En un modelo económico tan desigual como este, que le restriega a la sociedad lo que nunca va a tener y hay un nivel de impunidad tan grande, el grado de corrupción genera odio, envidia y rencor”.

Se va asentando el caldo de cultivo para la descomposición y, con ella, la posterior ruina, «la ruptura moral que vivimos como sociedad. La idea de acumular nos ha hecho mucho daño». Sin embargo, el filme nos permite ver que, si bien el dinero es el motor principal que mueve a los criminales, no es el único: la pérdida del sentido por la vida (el que sea) consolida el extravío en que estos parecen apenas sobrevivir. En buena medida, se ha encumbrado la barbarie debido a que «nos hemos convertido en una sociedad indolente, que tiene un umbral muy alto frente a la indignación». Anestesiados, hemos terminado por incorporar la violencia a nuestra cotidianidad y hemos ido perdiendo la capacidad de sentir el dolor ajeno, la tragedia del otro.

¿Cómo despertar empatía en un público acostumbrado a experimentar la normalización de la violencia todos los días, en las noticias de televisión, radio, prensa, internet, el cine, los videojuegos? La riesgosa decisión conceptual que Everardo González tomó fue la de cubrir los rostros de las personas entrevistadas con máscaras que parecen de lucha libre, aunque en realidad son para quemaduras. Todos —víctimas y victimarios— la portan. La máscara, evidentemente, otorga anonimato a todos los participantes —condición imprescindible por cuestiones de seguridad—, pero al mismo  tiempo permite anular la línea entre unos y otros. No hay rostros ni de malos ni de buenos. A Everardo, además, le interesaba lo que la máscara sí podía mostrar. «Vi que las máscaras de gente lastimada, por el material y tipo de tela utilizada, se transformaban al ir llenándose de fluidos, y tomaban la personalidad de quienes las usaban. A pesar de eso, mantenía una gran preocupación: saber si la película que yo podía hacer sería capaz de despertar empatía en un espectador cuando no se mira el rostro de alguien y sólo se ven sus ojos, su mirada». Corroborar la posibilidad de que «las máscaras revelan más que de lo que ocultan».

Aunque Everardo menciona a Rithy Panh (La imagen ausente, 2013) como una posible influencia, al ver La libertad del diablo no es difícil pensar también en el trabajo de Joshua Oppenheimer (El acto de matar, 2012), particularmente en un aspecto: la forma en que ambos, mediante procedimientos y argucias distintas, logran humanizar a los victimarios. No se trata de monstruos llegados de otro planeta, sino de personas surgidas de contextos familiares y sociales específicos. Son individuos que también deben vivir con la carga, quizá hasta culpa, de las atrocidades que han cometido, y para Everardo era elemental entender, sin el muro de los prejuicios, «¿por qué se es capaz de hacer tanto daño?, ¿qué sucede en la mente de alguien para lastimar de forma tan cruel, y cómo es visto por aquellos a quienes lastimó?». Las máscaras contribuyen a desvanecer esa división entre víctimas y victimarios. Es tentador pensar que unos y otros podrían intercambiar roles fácilmente, y nosotros con ellos. Las miradas y las voces —separadas de su fisonomía, de los rasgos propios del rostro que las lanzan— impiden la activación instintiva de juicios preconcebidos y de emociones preestablecidas, cancelan la posibilidad de sentimentalismos. La sacudida psicológica es demoledora.

Como suele ocurrir en muchas de las mejores películas que vemos, en los cimientos del proyecto radica un impulso personal que dispara las inquietudes del autor hacia temas que, a primera vista, parecerían desligados. Así sucede en La libertad del diablo. Al no ser una película sustentada en una trama sólida o en el seguimiento de personajes, su desarrollo exigía que existiera una progresión emocional en la historia. «Lo que en ese tiempo yo tenía más a la mano tenía que ver con el duelo, los procesos de pérdida psicológicos o afectivos. Entonces, a partir de basarnos en los momentos emocionales por los que uno atraviesa durante un duelo es que llegamos muy rápido a un primer corte».

Después, uno de esos instantes mágicos que suelen suceder en un documental cuando «estás realmente donde tienes que estar en la filmación» ocurrió inesperadamente, y Everardo supo que tenía el final de la película. No sólo es sorpresivo y poderoso, sino que guarda en sí mismo el sentido de todo el documental. «Yo no encontré mucha esperanza en lo que retraté, por más que busqué y busqué y busqué. Es una película desoladora porque no encuentro muchas posibilidades de redención en lo que pasa en México», admite Everardo, dibujando una sonrisa de impotencia.

—“La libertad del diablo” es el título del filme, porque parece que le han dejado el campo libre para actuar a placer, pero si hay diablo, debe de haber Dios… ¿dónde está, Everardo?, ¿ausente?

—Pues yo veo como que sí. Veo que hay demasiada maldad. La película es un ensayo sobre el mal. Todos podemos llegar a ese umbral, siendo víctimas o victimarios, porque hay un deseo y sed de venganza. Es una cadena.

—¿Y no puede ser que Dios esté justo en la compasión que manifiesta aquella señora, que se convierte en figura crucial del filme?

—Yo veo ahí un retrato de la patria: es una mujer, es una mirada dulce, es una vez más el ejercicio que a veces hacemos por darle rostro a lo que se supone que es lo bueno y lo malo, pues es lo que inquieta cuando uno está viendo la película. ¿La maldad tiene el rostro como nos lo han vendido o no? ¿El dolor tiene el rostro como nos lo han vendido o es el rostro de esta mujer que tiene dignidad y tiene dulzura y, al mismo tiempo, tiene compasión?

ALFONSO FLORES-DURÓN Y MARTÍNEZ estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y un máster en la London Film School. Ha escrito de cine para diversas publicaciones como el periódico La Jornada (México) y El Mercurio (Chile). Fundó la revista CineXS, y hace seis años creó EnFilme, sitio web de cine que se ha consolidado como uno de los medios de referencia de México y América Latina, y del que es director.

Este texto es parte de la primera edición de La revista ambulante, la cual puedes descargar de forma gratuita para más entrevistas, reseñas y datos sobre la Gira de Documentales 2017.

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