Política

Los juicios de Moscú: la realidad a escena

Reseña de Los juicios de Moscú

Por Ariana Akbari

16 Jun 2017

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En el verano de 2012, el grupo de punk-rock feminista y protesta, Pussy Riot, subió al escenario en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú. Vestidas con pasamontañas coloridos, y llevando guitarras eléctricas y su ferviente deseo de desmantelar el patriarcado, interpretaron una canción que expresaba su indignación contra los sistemas arraigados de opresión dentro del gobierno ruso. Este acontecimiento indignó tanto al gobierno como a los asistentes de la Catedral de Cristo Salvador. Muchas de las integrantes de Pussy Riot fueron arrestadas y acusadas ​​de vandalismo”. Los juicios de Moscú vuelve a contar esta historia, así como la de otros dos casos en los que la expresión artística individual y el estado se enfrentaron.

Concebido y dirigido por el sociólogo suizo Milo Rau, y creado por un equipo de cine alemán, el documental cubre un ensayo de teatro de tres días para imitar los juicios reales del gobierno ruso en contra Pussy Riot y otros artistas. La película presenta a individuos que interpretan en dichos juicios a sus homólogos reales curadores de arte, sacerdotes, filósofos y periodistas. Por su parte, los abogados reales y los superintendentes judiciales juegan de ellos mismos en el experimento. Los juicios de Moscú está lleno de opiniones tan extremas y diversas como las propias temperaturas en Rusia.

En muchos sentidos, la película cuentan un relato tan antiguo como el tiempo: los artistas ultraliberales contra su Estado político ortodoxo-religioso. Sin embargo, presentar esta trama como una representación dramatizada de un acontecimiento histórico reciente agrega frescura a una historia familiar.

Gracias a sus argumentos podemos reflexionar acerca de la moralidad y la legalidad de las leyes de blasfemia religiosa de Rusia en su papel en la separación de la iglesia y el Estado, el papel del gobierno y los líderes religiosos en la vigilancia de la vida y la limitación de las libertades de los ciudadanos rusos, y los límites imaginarios, pero establecidos, creados en la intersección entre gobierno, religión y arte.

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