Medio ambiente

Safari

Reseña de Safari

Por Isabel Alexander

22 feb 2017

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Traducción de Aída Flores

En las áridas tierras de un resort de caza en Namibia, un hombre blanco gordo introduce una roca bajo la cabeza de un ñu muerto. “Sigue disparando”, le dice sonriendo a su amigo, “¡hay espacio para 500!”. Aunque el comentario habla de la capacidad de almacenamiento de la cámara, bien podría referirse al abundante espacio para taxidermia en su cabaña. Ahí, entre cientos de cabezas de animales disecados, viven familias que diariamente se empeñan en cumplir una misión: matar otro exótico adorno.

“Safari”, Ambulante Gira de Documentales 2017

“Una cebra realmente podría interesarme”, le dice un hombre a su padre.

El documental de Ulrich Seidl Safari (2016) no es más que un paseo salvaje: un retrato magistralmente compuesto de esta práctica tan grotesca, algo completamente abrumador.

Este director austriaco nos presenta —con el mismo lente inquisidor que uno usaría para estudiar animales— a un clan de turistas austriacos para los que matar animales es como ir de compras.

“Una cebra realmente podría interesarme”, le dice un hombre a su padre, para proceder a hacer una prosaica comparación con el atractivo del animal. “El lomo de antílope es un sueño”, dice otro hombre estoicamente. Que una experiencia tan inherentemente salvaje sea comprada con altivo deleite es una ironía que Seidl devela a través de la película; pronto nos damos cuenta que la experiencia llena de adrenalina que los turistas claman que es la caza (en susurros emocionados y descripciones demasiado técnicas de sus movimientos) es en realidad una práctica guiada que es posible gracias a la complicidad de los lugareños. Son estos hombres negros los que, preservando el sistema de opresión colonialista, se encargan de desollar y destazar a los animales después de que los austriacos posan triunfantes con sus víctimas.

“Safari”, Ambulante Gira de Documentales 2017

¿Actuar responsablemente con el medio ambiente?

Sentados en pares en una pequeña banca colocada justo en el centro de una toma abierta, los sujetos se ven diminutos junto a las majestuosas cabezas de animales que los rodean. La distancia y la perfecta simetría nos remiten cómicamente a la perspectiva que se tendría en la mira de un rifle; de hecho, Seidl nos presenta una mirada crítica y deshumanizante de las personas que cargan las armas. Y el por qué no nos sorprende. Algunas de sus explicaciones para respaldar su euforia por la caza — que matarlos es una “liberación” para los animales y que “les ayuda a procrearse” — son ofensivamente ilógicas: el mismo hombre que acepta que la naturaleza ha “desaparecido” por la “existencia humana”, dice actuar “responsablemente con el medio ambiente”.

“Safari”, Ambulante Gira de Documentales 2017

La caza es posible gracias a la complicidad de los lugareños.

En lo que pude ser un intento desesperado de venganza, Seidl enfoca a los sujetos como si fueran animales. No es tan malicioso como cómico; una creativa y artística declaración dentro de los límites de una investigación. En un punto, por ejemplo, Seidl graba a través de la mira de los binoculares de uno de los cazadores y en la siguiente toma aparece la esposa de uno de ellos, pálida y con sobrepeso, desparramada en un camastro. La misma gente que empuña las armas —profesando su dominio sobre las especies que consideran inferiores— se puede reducir también a un cuerpo.

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