Una realidad fabricada

Reseña de Máquinas

Por Isabel Alexander

21 mar 2017

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Traducido por Aida Flores

Una iluminación angelical acompañada de tonalidades claras no es algo que esperaríamos encontrar en un sótano impregnado de miseria. Aun así, el director indio de Máquinas (2017), Rahul Jain, logra capturar la gracia y el color de este desolado lugar: una fábrica de textiles en Gujarat conocida por la explotación que sufren sus trabajadores. Con suaves paneos y tomas discretas, esta película tiene un estilo tan delicado y modesto como el de los obreros que retrata. Al final, es un retrato descriptivo que examina la dureza del trabajo manual y el significado de observarlo desde la comodidad que ofrece estar al otro lado de la cámara.

Tiene un estilo tan modesto como el de los obreros que retrata.

Tiene un estilo tan modesto como el de los obreros que retrata.

Tal vez “comodidad” no es la palabra adecuada. Aunque es verdad que los espectadores estamos lejos de la realidad de la fábrica, Jain hace todo lo que está en su poder para acercarnos a este mundo tan distante. La cámara nos separa de la experiencia legítima, pero es ella misma la que traduce, amplifica y después subvierte esta experiencia para nosotros. Las tomas fueron tan bien ejecutadas que podría parecer que se ensayaron, y así Jain nos lleva a través de los estrechos pasillos de esta confusa estructura, casi laberinto, alternando tomas de cámara en mano, que nos hacen sentir como que vamos dando tumbos en la fábrica, con extraordinarias composiciones de tomas fijas que suspenden temporalmente nuestras sensaciones. Al mismo tiempo, la película nos catapulta hacia un trance hipnótico que emula la extenuación de los obreros con tomas largas que a veces exceden el minuto. En una sola toma de dos minutos, un niño lucha por no quedarse dormido en su puesto, y los espectadores, al no tener más opción que examinar cada detalle, comenzamos también a parpadear.

El director no sólo traduce experiencias: las convierte en abstracciones.

Después de todo, la fábrica parece más un calabozo celestial que algo con valor productivo, ambiente que Jain logra a través de una edición y una composición meticulosas. Con una combinación de tomas abiertas y close-ups, se captura tanto la amplitud de las máquinas como sus múltiples piezas, pero no se muestra su función. De hecho, contra lo que pudiera pensarse por su prosaico título, este documental dice muy poco acerca de las funciones de una fábrica; en cambio, lo que hace es resaltar los complicados e insospechados procesos que hay detrás de un sencillo producto final. En muchas de las tomas, los obreros guían las telas a través de máquinas en las que parece que no hay necesidad de que lo hagan; en otras, idean complejos mecanismos para realizar tareas que perfectamente podrían ser automatizadas. Nunca explican lo que están haciendo (no hay voces en off en la película) y Jain nunca filma un sólo proceso de principio a fin: el proceso sobrepasa el resultado.

La película nos catapulta hacia un trance hipnótico.

La película nos catapulta hacia un trance hipnótico.

El resultado es un sueño sombrío casi carente de explicaciones en el que no nos queda más que percibir, adivinar e imaginar. Hay tomas abrumadoras por su belleza. En una escena, caen capas de tela blanca hasta que la pantalla se satura de dobleces que parecen de crema; en otra, un trabajador duerme en la cima de una montaña de sábanas, iluminado por el brillo de unas luces blancas fluorescentes. El documental tiene muy poco diálogo, en su lugar nos acompañan los rechinidos amplificados de las máquinas. Algunas veces, los sonidos no obedecen a la imagen: al principio de la película, el único sonido que acompaña los labios que gesticulan palabras de un obrero es el creciente crujido de una máquina que no vemos. Estas sutilezas alteran nuestra percepción de la realidad y nos transportan al extraño mundo de la fábrica.

Con su cuidadosa cinematografía y su hipnotizante contenido, Máquinas es tan complaciente como absorbente, es una experiencia que arroja la pregunta fundamental del documental: ¿Qué se está dirigiendo aquí? Cuando los obreros de la fábrica le preguntan eso al fotógrafo, los espectadores también nos cuestionamos nuestra propia intromisión. ¿Estaremos regocijándonos con su miseria o adquiriendo consciencia? ¿Será suficiente “llegar, percatarse del problema e irse” o será que una apreciación responsable de los hechos implica algún tipo de activismo? Una respuesta clara es algo que Máquinas no puede ofrecernos.

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