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Familia

Apuntes de María Novaro sobre Tesoros

Por María Novaro

25 abr 2017

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Los niños siempre han estado presentes en mis películas al igual que en mi vida. Siempre confié en mi intuición para dirigir a los pequeños y siempre me sentí muy a gusto haciéndolo, del mismo modo en que disfruto vivir la vida rodeada de chavitos.

Nunca me había propuesto hacer una película infantil y mucho menos me había imaginado dirigir a tantos niños juntos. Tesoros fue un reto no sólo porque eran muchos y de todas las edades, sino también porque quería contar esta historia desde la propia mirada infantil, a partir de ese mundo suyo que se habita siempre desde la lógica del juego. Quería narrar el tiempo a su ritmo y elaborar mi relato desde su propia imaginación, que construye puentes constantes entre la fantasía y la realidad.

Para garantizar la frescura y la autenticidad de mis pequeños protagonistas decidí no imponerles personajes, ni nombres ficticios, ni un guión, y mucho menos diálogos escritos previamente. Creaba las situaciones para que ellos mismos pudieran reconocerse en ellas y apropiárselas. Busqué crear un espacio de libertad en el que el relato tuviera la dinámica que ellos mismos le fueran imprimiendo. Les susurraba ideas al oído, que podían tomar o dejar. Yo tomaba notas constantemente y los encaminaba. Jugaba con ellos siguiendo algunas reglas como se hace en cualquier juego (como la de que “quien mire a cámara, pierde en el juego de filmar”).

Trabajamos, por supuesto, con algunas certezas. Filmar a dos cámaras y con luz disponible. No hacer ensayos ni mecánicas previas. Evité a toda costa que memorizaran los textos que les iba presentando sobre la marcha. Las cámaras serían operadas casi todo el tiempo a la altura de los pequeños. Se dice fácil, pero requirió de cierta técnica y mucha habilidad por parte de los fotógrafos. Si los adultos no entraban a cuadro no corregiríamos nuestro encuadre para ir a buscarlos. Muchos adultos no tendrían nombre: los llamaríamos como acostumbran los niños: “papá de…” o “mamá de…”. Agradecí en todo momento la paciencia y generosidad del sonidista y del resto del equipo de trabajo. Sabían que la prioridad eran siempre los niños, como debe ser en la vida misma.

Dicen mis nietos, Jacinta, Dylan y Andrea, que yo sí sé jugar aunque sea grande. Escribí Tesoros porque quería hacer una película para ellos, y con ellos. Quería que conocieran este oficio de hacer cine al que se dedica su abuela. Quería atesorar con ellos el proceso de filmar.

Con Tesoros también quise hablar a los niños de nuestro hermoso país profundamente herido, desgarrado por la violencia, la corrupción y la impunidad. Con una desigualdad social y una pobreza lacerante que crece por las políticas de decenios basadas en el despojo. Eso ellos lo saben, porque lo viven. Pero quise decirles también que México tiene una enorme riqueza en su biodiversidad y en su gente. Habitado por comunidades sabias que conviven con la naturaleza porque se saben parte de ella, y con las que compartimos un rasgo cultural común que me emociona profundamente: una voluntad irrevocable de ser felices. Vivir la vida con alegría, sin olvidar que otro mundo es posible.

 

Este texto fue extraído del press kit original de la película.

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