🤖 Consulta la convocatoria de voluntarios 2020 aquí

El mundo de Coutinho

Durante 20 años, Jordana Berg montó varias de las películas de Eduardo Coutinho. En ese tiempo, director y editora crearon un mundo propio y privado del que Berg nos comparte un pedacito.

Por Jordana Berg

8 may 2017

Compartir

Traducción: Paula Abramo

Todos los días empezaban igual: yo le preguntaba cómo estaba e invariablemente venía su respuesta, colmada de adjetivos desastrosos: estoy pésimo. Empecé a desarrollar estrategias para superar aquella turbulencia inicial del día. A veces me las ingeniaba para llegar gritando por algún asunto, cualquiera, aunque fuera poco interesante —una entrevista en la tele, un chisme en la ciudad, lo que se me ocurriera. Y así lo distraía rápido antes de que él se concentrara en lo pésimo que estaba. Otras veces yo misma empezaba diciendo que estaba pésimo, para que su drama se achicara.

La segunda cosa que había que superar era la convivencia con su cigarro en la isla de edición. Eso, por desgracia, no era negociable. Él se escondía por los rincones de la sala para mantenerse fuera del alcance de los detectores de humo. Pasamos 20 años editando películas juntos, y ese tiempo obviamente incluyó dos embarazos y dos periodos de lactancia. Durante esas etapas, Coutinho, muy a su pesar, evitaba el cigarro, aunque no dejaba de quejarse y de prometer que jamás volvería a trabajar con una mujer.

Eduardo Coutinho

De hecho, cada vez que empezábamos a montar una película, me prometía que esa sería la última juntos. Me reclamaba por las escenas que yo había pedido que sacaran de películas previas. Yo también tenía mis quejas. Escenas que me había visto obligada a sacar y que amenazaba con volver a meter de contrabando en la película que recién iniciábamos.

Antes de reunirnos en la isla hablábamos durante un mes o dos. Desde que terminaba el rodaje empezaba nuestro proceso de degustación y digestión del material. Ambos, cada uno por su lado, recibíamos todo el material transcrito en gruesos cuadernos, siempre con la misma diagramación, con el time code marcado más o menos de minuto en minuto. Cada cual veía por primera vez ese material en su casa, solo, y nos llamábamos todos los días para comentar lo que habíamos visto, hacer conjeturas, pensar en ideas. Él me compartía sus impresiones sobre cada personaje, yo le compartía las mías. Muchas veces me pedía que no viera algún personaje que a él le parecía prescindible. Yo los veía todos, quizá para disentir y encontrar en ellos algo que hubiera escapado a la mirada felina del director. Discutíamos sobre la forma de empezar la película; a fin de cuentas, la premisa de Coutinho era encontrar algo que pudiera considerarse la regla del juego del filme.

Era el código secreto que el director anunciaba justo al principio de la película y le servía al espectador como un asidero para iniciar el viaje. Evitábamos la palabra «dispositivo». En realidad fuimos proscribiendo varias palabras: eran palabras que el espectador debía decir, y que ni nosotros ni el montaje debíamos darle peladas y en la boca.

Al cabo de los años, nuestros cuadernos de transcripciones acabaron teniendo las mismas marcas.

Llorábamos y nos reíamos. Decíamos muchas cosas absurdas y entablábamos diálogos metafísicos por teléfono, que no tenían sentido más que en ese momento, para ayudarnos a establecer itinerarios de edición. Armábamos los personajes que se clasificaban en principales, medianos y mínimos. Los grandes personajes eran los más luminosos y los que al final tenían, también, una mayor duración. Esos, no sólo poseían una inmensa luz propia, sino que mantenían una especie de conexión cósmica con Coutinho. Era en ellos donde podía verse nítidamente su perspicacia. Su interés, su delicadeza, su capacidad para escuchar y para hacer esas películas-encuentro. Era en ellos donde veíamos toda su curiosidad por el otro. Me atrevería a decir que, más que ser un depositario del sufrimiento de sus personajes, era como si utilizara sus relatos, tan vivenciales y humanos, para aprender a vivir su vida él mismo. Como la mirada de un náufrago que cediera a sus personajes la responsabilidad de salvarlo del ahogamiento, prestándole sus narraciones, y salvándose ellos también de ahogarse a través de la mirada atenta y generosa del director. Era un intercambio constante, y ambos nos dábamos cuenta de eso. Teníamos todas las miserias humanas al alcance de la mano, listas para que las modeláramos. Pero ese proceso de modelado respetaba rigurosamente un código ético secreto, además del explícito. Un compromiso con la manera de narrar, con el orden, con la coherencia sentimental de quien contara su historia, con sus lagunas, con sus absurdos. Escuchábamos despacio, varias veces, las mismas frases, hasta que se vaciaran y desaparecieran del montaje o hasta que se volvieran imprescindibles. A veces cambiábamos de lugar algunas cosas, pero casi siempre dejábamos que el desacomodo formara parte del relato. La forma de narrar era tan importante como lo que se estaba narrando.

Entre uno y otro de esos momentos, una de las cosas que más buscábamos eran los silencios. Nos deteníamos en los silencios, a veces enojados porque Coutinho no había dedicado el tiempo necesario para esa suspensión. Porque no había tenido la paciencia que hacía falta para dejar que ese silencio se instalara sin daños. A veces nos sentíamos orgullosos porque se había dado cuenta de que tenía que estarse quieto junto a su personaje. Coutinho fue desarrollando su capacidad de soportar y respetar el silencio de sus personajes, y eso fue crucial para que los momentos de no silencio contuvieran esos abismos.

Still de “Edificio Master”

Entre una edición y otra, Coutinho se ahogaba en café. El café y el cigarro eran los ingredientes químicos de su felicidad. A veces, mientras armábamos esos personajes, después de tanta intensidad, hacíamos una pausa: hablábamos de la vida, chismeábamos, algún «estoy pésimo» brotaba, pero ya con menos convicción. Yo soltaba otro «estoy pésimo» para hacerle contrapeso, y proseguíamos.

La alegría de saber que aquella rutina se extendería durante varias semanas nos infundía ese sentimiento de conexión profunda. Entre nosotros dos. Entre nosotros y el cine. Entre nosotros y la vida de aquellos personajes que nos necesitaban para salir a la luz, y a los que nosotros necesitábamos para estar en el cine. Y vivos.

JORDANA BERG ha editado más de 70 películas desde 1988. Además de Eduardo Coutinho, ha trabajado con directores como Carlos Nader, Walter Carvalho, Silvio Tendler, José Joffily, Eduardo Escorel, Flavia Castro y Megan Mylan. Actualmente edita el nuevo documental de Petra Costa, acerca del juicio político contra Dilma Rousseff.

Este texto es parte de la primera edición de La revista ambulante, la cual puedes descargar de forma gratuita para más entrevistas, reseñas y datos sobre la Gira de Documentales 2017.

Relacionados

Patrocinadores