Memoria

Silencio y memoria en Últimas conversaciones

Por AMBULANTE

14 Jul 2017

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  1. La memoria

En Últimas conversaciones nos encontramos ante un plano que no se modifica sustancialmente durante todo el documental: una habitación amplia con una silla en el medio y una puerta al fondo. Una puerta que se abre y se cierra para dejar entrar a una serie de chicos que conversarán con Eduardo Coutinho —siempre detrás de la cámara fija— acerca de su vida, de su infancia, de su familia, de sus sueños, de sus miedos.

“¿Qué es la memoria para los jóvenes?”, se pregunta un Coutinho desesperado por hallarse en un estanco de vacío y escepticismo ante sus entrevistados. Si la memoria necesita tiempo para nutrirse, madurar, recopilar acontecimientos para transformarlos en recuerdos, los jóvenes con quienes conversa el documentalista no han tenido la oportunidad, por su edad misma, de convertirse en sujetos de la memoria. En un principio esto desalienta al autor, pero conforme avanza el documental cada uno de los chicos y chicas que aparecen frente a la cámara se afianzan desde sus historias particulares y dirigen el ritmo del documental.

Se trata de chicos procedentes de familias separadas; algunos han sufrido bullying y otros han sido víctimas del racismo o de la violencia sexual. Los jóvenes, contrario a lo que cree Coutinho, tienen muchas cosas por contar frente a la cámara: ya no los recuerdos, sino el porvenir. El futuro, esa materia incierta con la que Coutinho casi nunca trabajó, aparece de manera tangencial, camuflada entre las palabras de los chicos que se expresan dentro de una habitación que funciona como un confesionario en donde las fibras más profundas de los personajes se revelan.

Últimas conversaciones fue el último documental que Coutinho filmó antes de morir en 2014. En este trabajo también se evidencia, al principio, un dejo de incertidumbre —ya no sólo frente al documental particular, sino en torno al ejercicio cinematográfico del documentalista— por parte del director que, en un momento dado, se “obliga” a terminar la película porque tiene detrás de sí la responsabilidad de un contrato. Sin embargo, este es otro de los guiños de Coutinho —demasiado experimentado para darlo todo por sentado por completo— del cual se desdice a través de la filmación misma del documental: al conseguir que los jóvenes entren en un estadio de confianza desde donde se pueden sentir protegidos y confiados en que sus palabras serán escuchadas, quizá por primera vez.

En palabras de Joâo Moreira Salles, productor que, junto con la editora Jordana Berg, terminó el montaje de Últimas conversaciones a la muerte de Coutinho, una de las mayores cualidades de Coutinho como artista radicó en su capacidad para atender la necesidad de las personas por encontrar interlocutores: “Una de las necesidades más profundas de todas las personas es ser escuchado. Era eso lo que hacía. Escuchaba con todo su cuerpo, que no es apenas algo del oído, es todo su cuerpo el que se relaciona con su interlocutor”. Y en el acto de escuchar, Coutinho legitimaba a los hablantes como sujetos de la historia.

Los chicos se convierten, así, en avatares de un futuro que Coutinho ya no verá pero que intuye: los mismos problemas familiares y dificultades afectivas; el terror y la valentía entremezclados en medio de la complejidad de ser joven en tiempos violentos donde la falta de esperanza ante las instituciones, la sociedad y el futuro no le ofrecen a los chicos sino pura incertidumbre.

  1. El silencio

Uno de los momentos culminantes del documental ocurre cuando Coutinho conversa con Thiago Theodoro. El chico se muestra renuente a que la conversación fluya entre ellos y, a lo largo de toda su entrevista, ocurren varios silenciosos que desembocan en el siguiente diálogo:

Thiago: ¡Qué raro!

Coutinho: ¿Sí?

T: Ese silencio fue raro.

C: Los silencios tienen que ser raros.

T: ¿Por qué?

C: Los silencios son más raros que la vida. Uno habla y habla y quiere tener la tele prendida siempre. Entonces llega el silencio y sólo así comienzas a pensar. El silencio es maravilloso.

T: Sí.

  1. No tienes que hablar, ni yo tengo que preguntar. Pero así son las entrevistas, ¿no?

T: Ajá.

C: Uno no… Podemos estar en silencio. Silencio… puedes voltear a verlos, a ella o a él… Voltea, mírala… Pero también puedes voltear al cielo y cerrar los ojos. ¿No? ¿O te da pena?

T: Sí me da pena porque…

C: ¿Por qué?

T: Nadie está hecho para el silencio.

En esta conversación se concentra uno de las claves del documental, y quizá de la obra del brasileño. A pesar de su sencillez, es por medio de estas palabras que Coutinho revela una de sus más grandes aspiraciones: el silencio. Según Jordana Berg, amiga y editora de la mayor parte de la obra del documentalista, una de las búsquedas del director residía en alcanzar una película en la cual pudiera prescindir de todos los elementos cinematográficos —guión, sonido, investigación previa— y sostenerla sólo desde el silencio: un primer plano negro en donde ya no pasa nada y ahí está toda la revelación posible.

Coutinho elabora así el que sería su último filme en vida: una conversación de despedida entre quien intuye que lo ha visto todo y, sin embargo, se permite la última felicidad de conversar con una niña de seis años. Al final, pareciera que el director alcanza de nuevo la esperanza en el futuro: en su risa y su disposición para darle la palabra a Luiza podemos hallar a un director capaz de entablar —otra vez— un puente entre el fin que representa su vida y el inicio de alguien como esa niña que lo tiene todo por vivir.

Se cierra, así, una obra cuya intención primera y última fue siempre encontrar en lo simple y lo cotidiano los gestos y rasgos de vidas que se revelan: personajes frente a una cámara dispuestos a recitarnos sentencias simples y profundas para recordar que el mundo está hecho de palabras y que siempre habrá quien hable para quien esté dispuesto a escuchar.

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