Conflictos sociales

Fragmentos de un muro

Por Felipe González Ortiz

6 Dic 2017

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A propósito del documental Al otro lado del muro

Primera escena: los pasos firmes de un niño que sigue a un pollito azul. Se trata de un juego en el que el niño termina por acorralar al animal, tema central de la película.
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Asombra que sean niños los responsables de otros niños. En esta exigencia se modifica el horizonte de vida y se construyen muros que amurallan los sueños.


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La madre se encuentra en la cárcel cumpliendo una sentencia de diez años. Los muros se potencian, y cercan la esperanza y los horizontes de tristeza.
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Los muros se manifiestan también en el simple hecho de no tener papeles. Sin ellos, se cierra la posibilidad de crecer, de invertir en uno mismo, de trabajar.
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Hasta aquí todo es muro. Expresión completa de un cercado, de una especie de valla invisible que se mete entre las vidas de los protagonistas y sus expectativas, sus sueños y sus modos singulares de afrontar la vida según sus creencias.
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La justicia implementa muros en la medida en que deja en el desamparo a los otros. El precio no sólo lo pagan los inocentes que entran a la cárcel, sino también los hijos que se quedan atrapados en la responsabilidad de cuidar a sus hermanos pequeños, y en el otro encierro que es evitar decepcionar a la madre que, aunque no cometió un crimen, está entre muros.
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La migración construye muros. Quien no tiene papeles no encuentra trabajo o si lo consigue, la remuneración será mínima.
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La tristeza, la resignación, la expectativa, la distancia, la ira. Todo tiene lugar en el muro.
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El pacto entre los hermanos mayores se hace al interior de una combi, es decir, entre paredes, entre muros.
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Otro momento clave de este documental mexicano es el juego de los hermanos menores, donde imaginan que tienen una gran televisión y una laptop, y reciben un correo electrónico del papá ausente donde dice que los extraña. La fantasía es un recurso vital para sobrevivir. Lo mismo ocurre cuando enlistan una serie de alimentos como hotcakes, pollo asado o pizza que desearían comer, pero que sólo demuestra una concepción de vida “normal” a la que ellos no tienen acceso.
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“¿Por qué me sucedió a mí?”, se pregunta Ale, el hermano mayor, con cierta desesperación.

 
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Todos habitamos dentro de distintos muros. Vamos a un restaurante y podemos recibir comida gratuita si conseguimos reclamar que hay un pelo en la sopa, pero es sólo un engaño para continuar viviendo entre paredes.
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Incluso con la reapertura del caso de la madre inocente que está presa, la espera consituye otro encierro. Las llamadas teléfonicas y la expectativa crean un ambiente duro y cruel.
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Las fronteras interrumpen los sueños de los jóvenes mayores, como Ale, de 18 años, quien dice “seguir aquí es como anclarse”. Sin embargo, la solución que parece más factible es irse a Estados Unidos, teniendo que dejar atrás a su familia.
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Rocío, de 14 años, es la segunda hermana mayor que también está encerrada entre los límites que su hermano le impone y la preocupación de su madre por disciplinarla. Ella quiere tener novio, pero nadie se lo permite por temor a sus consecuencias en la familia.
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La obligación de hacerse cargo de dos menores de edad no deja soñar ni renunciar.
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La disciplina es una cerca que prohibe que Rocío salga con sus amigas o con su presunto novio. Ale también quiere irse a Estados Unidos, pero reconoce sus límites. Además, el país del norte no representa libertad, sino otra forma de encierro.
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Una familia entera convertida en muro.

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Al salir a la calle, Rocío siente la libertad de hablar con sus amigas, de reír y bromear, de peinarse como le gusta y usar la ropa que le acomoda, pero pronto debe volver a casa y recibir el castigo por salir sin permiso, lo cual la confronta con su encierro mediante el consejo chantajista y el regaño.
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¿Quiénes tienen la culpa de que estos muros nos encierren?
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Pese al desenlace de los hechos, el espectador termina la película con la sensación de que no hay salida y siempre nos hallamos entre muros, incluso si son los de nuestra propia casa.

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