Conflictos sociales

Una reflexión sobre Batallas íntimas

Por Marina Stavenhagen

27 dic 2017

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Un zapato, un juguete tirado, un vestido, un arete que brilla, una lavadora, la cafetera, los platos del desayuno, una ventana, el paisaje desde el interior, una cicatriz (o varias), el miedo de llegar a tu casa en la mirada; la rabia, la desazón y el dolor de lo pasado en un simple parpadeo, en una frase que se atora en la garganta.

Quizá la razón del arte sea esa: la posibilidad de rozar el alma con un aleteo de colibrí, con una nota musical, un canto, una palabra, una imagen.

El arte es la posibilidad de acercarse y comprender en lo profundo, de espejear nuestras emociones. Es el arma que tenemos para sobreponernos a la adversidad y al miedo. El arte tiene la capacidad de emocionar y de elevar nuestra condición humana por encima de lo cotidiano para hacer del dolor y de la rabia una herramienta de transformación.

Batallas íntimas es un pedacito del alma de su creadora, que ha utilizado su cámara como arma –como aliada, debería decir– para acercarse a la intimidad de otras mujeres. A una intimidad valiente y desgarradora porque toca aquello que creemos privado: la vida familiar y doméstica, las expresiones terribles de la violencia en el ámbito de la vida conyugal.

Una imagen tras otra: un parque bajo la nieve, unas brazadas rítmicas en una alberca, un bosque que despierta, un suspiro mientras se desgrana el recuento de los daños. La realizadora nos conmina a escuchar, a mirar, a diseccionar junto con ella los mecanismos de la violencia doméstica a través de las historias de estas mujeres tan distintas en países tan lejanos entre sí.

Lucía Gajá lleva muchos años acercándose a las mujeres y a sus historias. Ya con mi Mi vida dentro, ese espléndido relato de la batalla por la verdad de una joven inmigrante acusada de homicidio en los Estados Unidos, Lucía evidenciaba el desamparo de una mujer discriminada por el propio sistema judicial, por ser ilegal y mexicana.

En Batallas íntimas, Lucía ofrece un relato coral que hilvana pedacitos de vida, recuerdos y reflexiones de mujeres sobre sus propias historias de violencia: la pérdida de la confianza, de la seguridad, de la autoestima; el terror de sentirse amenazada, la soledad frente al agresor, la indefensión frente al enemigo que compartía la intimidad de su cama.

Sobre el tema se ha dicho tanto y, sin embargo, parece que no nos damos por aludidos. Hacer comentarios hirientes, chantajear, ignorar, celar, ofender, culpabilizar, burlarse, descalificar, humillar, lastimar, intimidar, controlar, encerrar, aislar, pellizcar, empujar, golpear, patear, amenazar, violar, mutilar, asesinar, desaparecer… El violentómetro –como se ha dicho- es enorme y revelador. La violencia se cuela casi sin que la notemos, se desliza por las rendijas de lo cotidiano. ¿En qué momento cruzamos la línea del no retorno? ¿En qué momento hay que ponernos a salvo?

Aterra pensar que a pesar de contextos culturales tan distintos, la violencia de género y la violencia doméstica laceran la vida de tantas mujeres en el mundo.

Las imágenes de Lucía tienen la capacidad de evocar lo cotidiano y de acercarnos a la vida de sus protagonistas, más allá del dato duro, de la estadística, del análisis sociológico.

“Yo no quería que ella fuera parte de la estadística, que me la entregaran en una bolsa de plástico”, dice la madre de Martha, una de las protagonistas de Batallas íntimas. Y es que las estadísticas son aterradoras. Basta consultar la prensa, los datos que se conocen públicamente para saber que  la violencia doméstica es un grave problema de derechos humanos y de salud pública. Una emergencia mundial.

Las mujeres que acompaña Lucía son sobrevivientes. Han sobrevivido a la violencia, han sabido salir de la espiral de la agresión y pedir ayuda. A través de su relato, Lucía descubre sutilmente el entramado, el tejido fino del poder de la violencia doméstica, que se reproduce socialmente, y del que a menudo somos cómplices todos con nuestro silencio. Es la violencia en casa una violencia soterrada, entreverada a lo más profundo de nuestras construcciones culturales; es una violencia amparada culturalmente. Vivimos en una sociedad patriarcal que normaliza la violencia contra las mujeres y la masculinidad como poder. “Mi marido me pega lo normal”…

Con esta película, Lucía y su equipo se colocan solidaria y comprometidamente al lado de las mujeres. Escuchan sus historias, hilvanan sus recuerdos y sus lágrimas, celebran con ellas sus batallas y sus victorias íntimas.

Un labial color carmín, un nuevo corte de cabello, una foto gastada por el tiempo, un atisbo de sonrisa frente al espejo, un libro, un grado académico, la música, el agua, la risa de los niños, la complicidad de las amigas, los árboles en primavera, el amor otra vez, quizá… una independencia y una vida nueva posible, construida palmo a palmo por estas mujeres resilientes que son capaces de reconstruirse, de volver a confiar y a sonreír y que nos muestran cuál es el camino como sociedad: no quitarse de en medio, no mirar para otro lado, no permitir el abuso, no pensar que la violencia doméstica es un asunto privado, no normalizar la violencia contra los niños y las mujeres. Hay que vencer el miedo, y desmenuzar sus historias nos ayuda a exorcizarlo.

Esta película nos obliga a detenernos a pensar.  Este es un tema que nos atañe a todos. Somos también cómplices y responsables.

¿Cómo cuidarnos? ¿Cómo ofrecer refugio y solidaridad? ¿Cómo educar a nuestros niños y niñas para no reproducir el ejemplo pernicioso del abuso, para no perpetuar el ciclo de la violencia, para no permitirlo? “La maté porque era mía, porque estaba fea, porque quería salir, la maté porque se podía”…

Con su trabajo, Lucía ha sabido dar voz a las estadísticas del horror, un rostro a las historias; ha sabido hilvanar pacientemente los recuerdos, los pedazos, acompañar las miradas y los silencios de las mujeres, ha intentado reparar con la empatía las fracturas físicas y emocionales de tantas vidas rotas.

El cine documental como el espejo que nos arroja a la realidad. Que busca visibilizar lo oculto, hurgar más allá de la superficie, desenredar las madejas, ofrecer –con destreza y emoción– las claves para conocer, comprender, y poder transformar el mundo. ¿Qué pasa si por una vez contamos las historias de las mujeres? ¿Si contamos esas historias que se quedan ahí en lo oscuro, atrás del lugar común, de las declaraciones estúpidas de los políticos y los funcionarios, atrás de la nota roja, del reporte policial, de la inconcebible impunidad, del genérico “feminicidio” que en México se ha normalizado ya a niveles de terror absoluto?

Celebremos que el cine puede ayudarnos en el largo camino que queda por andar contra la violencia doméstica y de género, y contra la VIOLENCIA, así, en mayúsculas. Así de simple y así de terrible. Contra la violencia. El arte, el cine, tienen ese compromiso. Muchas gracias a Lucía Gajá por esta película.

 

*Marina Stavenhagen es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte

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