Conflictos sociales

Violencia contra la mujer, cicatrices de cuerpo y alma

Por Guillermina Díaz Pérez

5 Dic 2017

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Batallas íntimas no sólo muestra la violencia que han vivido ocho mujeres en cinco países de tres continentes distintos, sino que también retrata los otros tipos de violencia que están presentes en nuestra sociedad.


 
A través de las aterradoras historias que vivieron Martha, Ruksana, Carmen, Isabel, Minna, Ulla, Lehra y Evelyn, este documental de Lucía Gajá confirma que la agresión no conoce fronteras ni estratos sociales o preparación académica, y que su raíz está profundamente arraigada a nuestra cultura, esta violencia es una conducta aprendida, enmarcada por una sociedad patriarcal.

Comencemos por la violencia cultural, la cual no sólo invisibiliza las otras formas de violencia (directa y estructural), también se ejerce día con día en grupos sociales y manifestaciones culturales como la religión, la escuela, el arte (con algunas canciones, películas o libros), entre otros medios, y que normaliza la agresión contra las mujeres. Por eso Batallas íntimas inicia con el discurso que un sacerdote emite y que dicta “[…] toca a la mujer la grave responsabilidad dentro del matrimonio de ser la moderadora. Vas a ser la que con tu alegría, con tu amor, con tu ilusión vayas dándole causa a la fuerza, la juventud, al ímpetu, a los errores y a los aciertos que tu futuro esposo va a cometer”.

También está presente la violencia familiar, como en el caso de Ruksana, quien decide no demandar a su marido luego de la violencia que ejerció sobre ella porque así lo solicita su familia con tal de evitar un conflicto, o como ejemplifica la escena que ocurre en la India donde se da una plática a mujeres recién casadas de diversas edades y donde la ponente advierte que cuando se cambia de la casa de los padres a la de la pareja la única manera socialmente aceptada de salir de ahí es un ataúd. Lo mismo ocurre en el caso de Carmen, quien después de ser atacada con fuego no siente apoyo en las personas que la rodean salvo el de sus padres.

Además de la violencia cultural y familiar está la culpa y la vergüenza que la mayoría de ellas afirma sentir por la situación de violencia en la que estuvieron cautivas.

Por otra parte está la violencia institucional que se evidencia en los órganos que deberían hacer justicia, pero que en algunos casos como el de Carmen en Sevilla demuestran que un sólo juez puede catalogar como accidente doméstico lo que fue una agresión dirigida con fuego dentro de un hogar. Algo similar ocurre con Martha, quien es sentenciada por un juez a que su exesposo tenga la obligación de convivir con su hijo, luego de que ella tuvo que escaparse y esconderse de él por la violencia que ejercía en su casa, y sin que el hombre reciba un tratamiento previo, haciendo del hijo un peón de ajedrez en una cruenta batalla que no acaba con el divorcio.

El documental también habla de esas otras víctimas, de los testigos de la violencia, los niños y las niñas que no sólo normalizan la violencia con la que crecen sino que también la padecen a lo largo de su vida; niños orillados a necesitar terapia para superar los traumas que viven y así evitar que sean abusivos o aprendan que nadie tiene derecho a violentarlos de ninguna manera.

Estos relatos exponen las diversas manifestaciones que adquiere la violencia tanto física como psicológica, y que en varios casos es evidente que, aunque pase el tiempo, siguen dejando su huella en el alma. En palabras de Lehra, la mujer de Nueva York, siempre existe “la sombra”.

Todas las fases que ocurren en un ciclo de violencia intrafamiliar y violencia contra la mujer aparecen retratadas en Batallas íntimas mediante metáforas visuales: la casa rota, destruida, que no es un lugar seguro; los hombres, niños y mujeres sumidos en un mar de violencia y las mujeres caminando en esa profundidad, perdidas, porque incluso se perdieron a sí mismas, éstas son algunas de las estrategias visuales empleadas por Lucía Gajá y Marc Bellver –el fotógrafo– para acompañar el hartazgo de tanta humillación de una mujer de la India, el terror desde el noviazgo de una mujer de Sevilla, el de una mujer finlandesa que vive aterrada por el exmarido o el de una mujer española que estuvo cerca de un feminicidio y teme el día que puedan liberar a su esposo y este busque cumplir su propósito de matarla.

El documental también revela la importancia de las redes de apoyo de todas aquellas personas que, a través de actos de paz, las han ayudado a romper con ese ciclo violento. Por ejemplo, la familia, los refugios de mujeres violentadas y las nuevas parejas que les brindan una ilusión de vida y ganas de pensar en un futuro positivo con nuevos proyectos.

Sin duda, Lucía Gajá cumple con su cometido y sensibiliza al espectador sobre la violencia familiar y así contribuye a generar una cultura de prevención contra la misma. Para que no existan más mujeres violentadas ni niños y niñas siendo sus testigos, reproduciendo las agresiones, es momento de transformar esas batallas íntimas en batallas sociales de todos y todas.

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