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Conflictos sociales

La gravedad de perder el tiempo

Reseña de Rush Hour

Por Ma. Cristina Alemán

7 mar 2018

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Rush Hour (dir. Luciana Kaplan) comienza con datos concretos sobre la terrible congestión vehicular en las tres urbes en donde se desenvuelve el documental: Los Ángeles, Estambul y la Ciudad de México. Este primer golpe estadístico para la audiencia se refuerza enseguida con un ataque auditivo; apenas es madrugada, la imagen es aún oscura, pero escuchamos los motores de los camiones atorados en el tráfico, los cláxones de los conductores desesperados, los vendedores ambulantes pregonando su mercancía y, al fondo, las noticias en la radio cubriendo un caso más de violencia en contra de los pasajeros del transporte público en la capital mexicana. Para rematar esta entrada abrumadora, suena algo que es inevitablemente odioso: la alarma del despertador.

¿Cuántas horas pasamos en nuestros trayectos diarios?

¿Cuántas horas pasamos en nuestros trayectos diarios?

El sonido continúa jugando un papel importante a lo largo de Rush Hour. El documental retrata a tres personas que, como muchas otras alrededor del mundo, pasan varias horas de su día recorriendo largas (y difíciles) distancias entre su vivienda y su lugar de trabajo: Michael Monosky en Los Ángeles, Meltem Gündoğdu en Estambul, y Estela Martínez en la Ciudad de México. La situación de cada quien es tan distinta como las megalópolis en las que habitan pero Rush Hour nos permite transitar de una historia a otra sin dificultades gracias, en parte, a ciertas claves sonoras que nos colocan en el lugar adecuado. En el caso de Mike reconocemos las instrucciones del GPS que le indica la mejor ruta y su voz –siempre plana– mientras habla por teléfono en el tráfico; el trayecto de Meltem está acompañado por los cantos musulmanes que se propagan por la ciudad a través de altavoces; y Estela aborda interminables camiones y vagones del metro rodeada de las voces incesantes de mercaderes y de otros transeúntes. Para los tres, el ruido de los motores es constante.

La fotografía en Rush Hour complementa el diseño sonoro para constatar que –paradójicamente– habitar en las grandes ciudades es una experiencia claustrofóbica. En medio de la cacofonía citadina, vemos a los personajes en situaciones apretadas: respirando el aliento de un extraño en el metro, luchando cuerpo a cuerpo para entrar al autobús, o detenidos en una fila aparentemente infinita de coches. La angustia de este encierro incrementa cuando la cámara se aleja del caos para mostrarnos tomas aéreas de cada una de las urbes; el sonido ambiental pierde importancia y contemplamos la inmensidad de estas poblaciones, no con admiración sino con horror.

El documental de Luciana Kaplan va más allá de la incomodidad de los trayectos extensos y reflexiona sobre lo que éstos verdaderamente implican.

El tiempo no se detiene con el semáforo, los hijos crecen, los padres envejecen y las relaciones de pareja se enfrían. Rush Hour se acerca a la esfera íntima de estos tres personajes y revela un absurdo: ellos están viajando lejos por el bien de sus familias, mismas que están descuidando por culpa de su jornada laboral. El atorón es físico, pero también económico y emocional. Evidentemente Meltem, Mike y Estela no están solos en su camino, somos muchos los que hemos estado atrapados en un sistema en el que la búsqueda de una “mejor vida” es en detrimento de nuestra calidad de vida. La pregunta obligada es, ¿cómo podemos salir de este atolladero?

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