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Familia

El reino de la sirena

Por Yunuen Cuenca

24 may 2018

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Bilwi es una comunidad pesquera en la franja del Caribe nicaragüense. En este lugar conviven los hijos del mestizaje inglés, el de los indios miskitos y el de las almas que han sido expulsadas del cielo y que han caído en el mar: las sirenas.

En El reino de la sirena vemos a una cuadrilla de bueyes y a un grupo de pescadores; vemos ríos, esteros y playas, también conocemos a algunos hombres, todos comunes y tristes, demasiado tristes. Y no porque no tengan los medios básicos para subsistir, sino porque carecen de explicaciones convincentes que puedan devolver sus pérdidas, a sus desaparecidos, a sus muertos.

Encontramos una serie de personajes: Marvin era un buzo que de manera intempestiva perdió la movilidad en las piernas. “Le digo a Dios que me mate y no me mata, no sé por qué”, dice, para luego arrastrarse a la cama y cubrirse con una manta. El Colombiano en cambio es un bandido que ha salido de la cárcel. Camina de manera desafiante pero cuando bebe se convierte en un hombre simple, uno con recuerdos. Josefa es una mujer robusta. Su piel oscura contrasta con la camiseta roja que viste, es como un volcán contenido por su propia erupción. Al hablar de su esposo, un pescador que murió de forma inesperada, su cuerpo se mantiene quieto. Son las sirenas, dice, que ofrecen banquetes a los pescadores en el fondo del mar, y cuando lo dice ve a la cámara pero no la mira, más bien posa sus ojos sobre esta, como si fueran dos insectos atraídos por la lente. También nos cuenta de una niña que después de días sin comer salió a buscar algo que llevarse a la boca, y entonces desapareció. ¿De qué otra manera se puede explicar todo esto si no es a través de la ira de las sirenas?

Este excelente documental de Luis Rincón está permeado una y otra vez por el pensamiento mágico de Bilwi. La precariedad de sus habitantes, en cambio, se materializa brutalmente en sus personajes: cada uno es toda su gente, el paisaje, la pobreza y el mar; cada uno, una sirena, su ira, la tristeza y el miedo. Vivir en Bilwi es un acto mágico de resistencia.

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