Género

Siempre andamos caminando

Por Diego Zavala Scherer

24 may 2018

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Esta película de apenas 63 minutos es un camino en aparente calma, el cual se transforma para sorprendernos y, cuando menos lo esperamos, enfrentarnos con la tormenta. Se trata de un documental que arma pausadamente cada una de las piezas que darán forma a un relato humano poderoso, elocuente y doloroso.

Siempre andamos caminando es un filme que establece varios recorridos para ser seguidos, y lo hace a través de tres personajes principales femeninos: Julia Merino, Alberta Cortés Santana y Catalina Hernández, mujeres chatinas que viajan a Santa Rosa de Lima desde su pueblo natal, Santa Cruz Zenzontepec, para trabajar. Mientras bajan de la sierra a buscar empleo, nos enfrentamos a la primera secuencia de la película: el viaje en camioneta de un grupo de mujeres y niños que parecería eterno, aunque el ritmo del montaje y los trazos del paso del tiempo nos permiten seguir atentos mientras hacemos el descenso forzoso con ellas.

Una vez abajo, en Santa Rosa, todo son falsos movimientos. Julia, Alberta y Catalina luchan por tener cierta autonomía, por ganar un poco de dinero, por liberarse del yugo de empleadores, de hombres infieles y de la rutina impuesta por otras personas y que ellas deben asumir como propia por estar en un sitio que no es el suyo. Esta pausa impuesta por el contexto y las relaciones que entablan contrasta con la vitalidad, los sueños e ilusiones de las tres mujeres.

En el transcurso del tiempo en el que las protagonistas están en Santa Rosa, pareciera que no se mueven, que no logran, que no pueden, a pesar de que no dejan de intentarlo. Todo el tiempo quieren sentirse útiles, empoderarse, enamorarse y decidir qué vida quieren tener. Finalmente, esta historia intimista es la pregunta sobre el desarraigo, sobre lo que significa migrar siendo mujer en un país como México.

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