🤖 Consulta la convocatoria de Ambulante 2020 aquí

Culturas y pueblos ancestrales

La atracción del desierto

Por Carlos Rgó

14 may 2018

Compartir

 And here is a once invisible Titan; then, suddenly, a biblical hero who was no more than a silhouette; and silent figures engaged in a long dialogue. But rather than looking at the incongruity of this new situation through irony, all three participants, underneath the fragile coating of thin roles, are seeking dignity instead – as well as a plot of moving, singular fates and lives constantly inventing themselves day by day. 

 

El cine es una industria que extrae imágenes desde cualquier punto del planeta. No es gratuito que Estados Unidos intente ficcionalizar el desierto árabe en Oriente Medio, ciertas regiones en Túnez o glaciares en Islandia para producir escenarios postapocalípticos o supraterrenales, vía producciones multimillonarias como Star Wars, Transformers o Prometeo. La paradoja de difusión y atracción turística que esos lugares obtienen después de la puesta en cámara puede resultar incómoda pero no falsa. En Sin ruido, los figurantes del desierto la relación anterior está íntimamente vinculada a la vida de los habitantes de Ouarzazate, en Marruecos. Cada habitante de la ciudad está ligado al cine y son pocos quienes no han trabajado de extras en alguna producción cinematográfica. Esta ciudad tiene el epíteto de “El Hollywood de Marruecos” y no sólo por poseer dos estudios fílmicos, una escuela y un museo sobre cine, también porque aparece en películas como El hombre que sabía demasiado de Alfred Hitchcock (1956), La última tentación de Cristo de Martin Scorsese (1988), Gladiator de Ridley Scott (2000) o Babel de Alejandro González Iñárritu (2006), por mencionar algunas.

Los escenarios en Ouarzazate rompen la dicotomía realidad/ficción, que quizá es sólo un alboroto genérico para conformar un mercado que necesita clasificar los productos. No hay géneros puros. La mirada puesta sobre un objeto audiovisual forma en gran medida los límites formales que le atribuimos a una película. Las filmaciones de Yasujirō Ozu, por ejemplo, para Pedro Costa son documentales en un amplio sentido, que dan cuenta de acciones y costumbres, ráfagas de intensidad y pequeños atisbos de una cultura que sucedió en el momento de filmarse la película. La tipología dirá que son ficciones. En el caso de Sin ruido, los figurantes del desierto, hay una forma que no es expresión del contenido, sino que la forma es la potencia que atrae un contenido. La película lanza un mapa para jugar a definir lo que es o no un documental, donde su temática queda subordinada a ese planteamiento. La marginalidad de sus personajes permite participar activamente de las fibras no sólo de cómo se cuenta la historia del cine, sino de un lenguaje que inventa un diálogo social, económico y político, a través de la práctica de filmar sujetos sosteniendo cámaras y sueños buscando su realización.

 

La arena y los paisajes de Marruecos pueden convertirse en espacios habitables de Somalia, Egipto, Arabia o Palestina. Todos los desiertos en este desierto. Las dunas en tonos naranjas subsumidos por la exigencia de cualquier director. Sin embargo, poco se ha dicho y filmado en primer plano: la vida y los habitantes de Ouarzazate, de aquellos extras que permanecen mudos detrás de cada escena conmovedora de Hollywood, telón de fondo de un tipo de poderes superhumanos o sujetos que padecen una catástrofe de naturaleza fílmica.

Si los habitantes son parte de una industria que extrae sus imágenes y las vende al mejor postor, no sucede lo mismo con sus sueños, que ahora podemos afirmar gracias a Sin ruido, los figurantes del desierto permanecen intactos de alguna manera. Jóvenes dedicados a la actuación que escriben su papel principal; un cineclub que potencializa a través de imágenes y sonidos la vida que tejen los habitantes; o el talento de Malika, una mujer de más de 60 años que ha actuado en más de 200 películas, para poner su memoria al servicio del director en turno. Actuar, para ella, es conectar con una parte íntima de su vida. Sin metáfora de la explotación de emociones, el talento y las ganas de hacer cine son las raíces de una parte de esta ciudad marroquí. La forma de vida cinematográfica en Marruecos sirve de entrada al desierto de lo real; a una síntesis que habla del campo económico-político, pero traducida en una forma estética y, en este caso, cinematográfica.

 

Aunque la cámara coloque en primer plano la vida de esas personas, sus energías afectivas están conjugadas en un ámbito marginal. Los cineastas Michal Madracki, Maciej Madracki y Gilles Lepore del colectivo MML dedican esta película a los habitantes de un ensueño llamado “cine”, que en Ouarzazate, no conocen las líneas que separan la realidad y la ficción, pues estas líneas solo permanecen intactas para las grandes producciones cinematográficas.

Relacionados

Más documentales sobre Culturas y pueblos ancestrales

Patrocinadores