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Conflictos sociales

La libertad del diablo

Por Luis Reséndiz

28 sep 2018

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Concédanme esto: la palabra documental se usa, indistintamente, para hablar de un género cinematográfico —es decir, de una pertenencia a un grupo de películas que siguen unas reglas estilísticas y narrativas similares o comunes— como de una práctica cinematográfica, o de un tipo de cine —una práctica que consiste en basar películas en la realidad, a menudo con cierta investigación o documentación de campo de por medio—.

Una vez concedida esa premisa —como asumo que es el caso, si es que siguen leyendo—, podemos decir que la práctica del cine documental no está limitada al género documental. Una película documental puede ser, al mismo tiempo, un thriller policíaco —para hablar de dos documentales sonados recienemente: Making a Murderer o The Jinx— o un drama —pensemos en Grizzly Man o en Looking for Richard—. Así, en la última década hemos podido ver unas cuantas películas —Cropsey, The Act of Killing, Rats, The Nightmare— que presentan una hibridación similar, pero menos común: la del documental y el cine de horror. La libertad del diablo, documental de Everardo González, es una notable exponente de esta hibridación.

En La libertad del diablo hay relatos de primera mano de gente —hombres, mujeres, niños: da lo mismo porque esta violencia no tiene miramientos y, como dice uno de los sicarios entrevistados, “órdenes son órdenes”— violados, levantados, ejecutados, desaparecidos, madreados y vejados de las formas más diversas —la maldad es creativa, aprendemos dolorosamente—, dando fe de la catástrofe de una iniciativa militar y de la podredumbre homicida de las policías y el ejército mexicano en todos sus niveles.

Eso, de por sí, bastaría para hablar de horrores. Pero lo notable de La libertad del diablo no sólo son sus extraordinarios testimonios —no es pequeña hazaña lograr que un sicario, un militar desertor y un hombre víctima de violación por parte de un policía hablen frente a las cámaras de un mismo documental—, sino las decisiones estéticas que toma para crear una atmósfera única —inusual, por lo demás, en documentales que abordan la misma temática—: una atmósfera de auténtica película de horror.

En La libertad del diablo, todas o prácticamente todas las decisiones estilísticas están o parecen haber sido tomadas para construir esa sensación opresiva, tan familiar en películas del género. Los testigos —todos retratados de la forma más convencional posible: la talking head, presente en documentales tan sencillos como los de los noticiarios hasta piezas complejas, como la obra de Errol Morris— portan todos el mismo tipo de máscara: la que se utiliza en caso de quemaduras graves en el rostro. La máscara tiene dos funciones prácticas, cada una en función de los dos géneros a los que sirve: por la parte del documental, la máscara funge para proteger la identidad y garantizar el anonimato; por la parte del cine de horror, la máscara crea una textura visual ominosa, que parece sólo subrayar la otredad, al mismo tiempo que emparenta a la película con otras grandes máscaras del cine de horror, como Goodnight Mommy o Los ojos sin rostro. El score, por su parte, también se inscribe en esa tradición del ruido y la distorsión, elementos que inevitablemente terminan causándonos cierta ansiedad, cierta incertidumbre. Entre los testimonios, La libertad del diablo inserta tomas ominosas que terminan de construir y redondear la atmósfera de horror: un cuerpo maniatado, abandonado en medio del bosque, por ejemplo; un auto encendiéndose en llamas paulatinamente; algunas de las víctimas que dan su testimonio vagando por casas abandonadas con las máscaras puestas.

El resultado es una obra excepcional: un documental que entiende que el horror de sus testimonios sólo puede corresponderse con una puesta en escena a la altura de esos relatos; una película que sabe que la maldad siempre es capaz de adquirir cualquier rostro, y al hacerlo, se permite recordarnos que uno de esos posibles rostros es el nuestro, el que vemos todos los días en el espejo.

 

Luis Reséndiz es ensayista, crítico cinematográfico, guionista y fanático en pausa del Cruz Azul. Tuitea desde la cuenta @lapetitemachine.

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