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Gabriel Hernández Tinajero

Memoria social

Fuimos otros

Crónica de dos sismos de septiembre

Por Ximena Cuevas

10 oct 2018

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—Me abracé a mi virgen, una grande que tengo en el cuarto. 
Me le abracé porque pensé que se iba a caer y se me iba a romper, 
y bueno,estuvo bien porque así si se caía el edificio, 
de menos yo estaba con mi virgen.
—Estaba en el dentista en un edificio en Palmas. 
Se sintió horrible pero no me asusté, 
pensé que estaba en el lugar más seguro 
porque a los ricos nunca les pasa nada.
—No había celulares, 
no sabía nada de mi gente y tardé como tres horas en llegar a mi casa. 
Se me subió mucho la presión, yo sentía que me moría.
—Me estaba bañando y me valió, 
agarré la toalla y salí corriendo. 
Una pena, de pronto yo en toalla en medio de todos mis vecinos.
—Estaba viendo la tele y se sintió horrible. 
Le grité a mi mamá “¡está temblando!” Y bajé corriendo. 
Ya sé que siempre te dicen que no uses las escaleras 
pero en ese momento ni lo piensas, 
lo que quieres es salir. 
Y ya en la calle me di cuenta de que mi mamá no había salido. 
Pensé que venía atrás de mí.
—Yo pensé que era el simulacro.
—Iba en el metro y de pronto empezó a saltar el vagón y no sé, 
como es la primera vez que estoy en México, nada, 
pensé que así se movía el metro. 
Había llegado dos días antes y nunca había estado en un terremoto.
—Estaba hablando por teléfono. 
Me tenía que ir a verificar el coche 
justo enfrente del edificio de Álvaro Obregón. 
Normalmente empieza despacio y se va haciendo más y más fuerte. 
Este no, este empezó fuertísimo.
 
¿Y tú dónde estabas en el temblor?

Podemos contestar los que no estuvimos en el lugar fatal a la hora fatal, hablamos los que tuvimos suerte de estar vivos. A mí me tocó en el avión, recién despegamos de Los Ángeles cuando el piloto anunció que nos íbamos a desviar a Guadalajara porque la Ciudad de México estaba incomunicada por un temblor. “Peor que el del 85”, dijo una aeromoza bajando la voz. Silencio total. A mí se me atoró la vida en el pecho, veía por la ventana las nubes pasar. No sé rezar. Respiraba jalando aire como pez fuera del agua. El vuelo fue eterno, repasé una y otra vez el 85. Esa vez fui la única de mis conocidos que vivió el temblor de tan cerca. Vivía en Álvaro Obregón en la colonia Roma, era una zona olvidada de rentas bajas, perfecta para una joven de 22 años que empezaba su vida laboral. El departamento era muy lindo, de pisos de madera y techos altos. No, no era el rosa bonito de al lado, a ese se le cayó la mitad. Todo se derrumbó en mi cuadra, todo menos mi edificio. Corrí a Insurgentes y una cortina de humo café no dejaba ver más allá de Avenida Oaxaca. Pensé que era el fin del mundo, aunque en esa época no estaba tan presente la noción del apocalipsis que tenemos ahora. El cuerpo es sabio y hace un escudo frente a las emociones; hay una sensación de irrealidad que nos salva de la locura. Tenía la certeza de estar dentro de un documental sobre Managua. Esa no era mi calle, ese no era mi presente, esa no era yo, y lo sabía porque esa no era la ciudad de la que me había despedido la noche anterior. No duele, nada asusta porque yo no estoy viviendo esto. El cuerpo se anestesia para salvarnos de la locura. La poca gente que había en las calles corrió a los teléfonos públicos de las esquinas. No había comunicación. Una gran parte de la Ciudad de México tardó horas en saber que estábamos hechos añicos y que esos eran los últimos momentos de la ciudad tal como la conocíamos. Silencio.

Durante años la ciudad quedó en silencio, sin cláxones; con gracias, con voces cordiales en tonos bajos, con miradas compasivas; fuimos otros durante años, nadie te aventaba el coche cuando ponías la direccional.

Treinta y dos años después, el 19 de septiembre no cayó (vaya verbo a utilizar en estos momentos) en jueves. Ahora fue martes cuando aterricé a una ciudad otra vez rota, herida. Una vez más el mexicano solidario: los habitantes que despertaron de golpe, que se enfrentaron a algo llamado realidad. No esa realidad de una pequeña pantalla como en la que hemos vivido los últimos años. Abrimos los ojos a un presente que necesitaba nuestra atención. Sin importar género, posición económica, social, color o edad, los habitantes de la Ciudad de México se lanzaron a vaciar los supermercados en busca de electrolitos, medicinas, latas de atún y agua; todo lo que pudiera ayudar a los que no habían tenido nuestra suerte. La sociedad se organizó. En las cadenas humanas se cuidaba al otro, se advertía si el bulto venía pesado. No había tiempo de medir la fuerza o saberse cansado, estábamos vivos y nuestra gente nos necesitaba.

En toda crisis surge una gran lupa que magnifica vicios y virtudes. Las virtudes conmueven tanto, nos dan aliento de un mundo mejor, de una humanidad mejor. No había tiempo para quejarse por la frustración de un ejército que no dejaba salir el material de los centros de acopio, de la tan conocida incapacidad de los gobernantes, del obsesivo enfoque de los medios hacia la colonia Condesa para sacar hasta el último cuerpo mientras maquinarias con prisa borraban todo rastro de Chimalpopoca en un macabro recordatorio de las costureras que los patrones no permitieron salir en el 85, irónicamente a unas cuantas cuadras del mismo lugar. Todo esto es un loop de lo que ya sabemos, no hay sorpresa alguna. La sociedad pareciera estar por encima de todo. Pocos eran los protagonistas que ofendían con las selfies de casco limpio, pocos hablaban en primera persona, pocos eran los incapaces que se mostraban en las redes sociales sin darse cuenta de que justamente estos no eran días virtuales.

Con el paso del tiempo veo para atrás y busco la autocrítica; no somos superhéroes, somos seres humanos imperfectos. Sin embargo, asusta pensar en una humanidad educada hasta la médula con vicios donde los chavos guapos que parecían de serie televisiva organizaban voluntarios según su triste educación. Un día, mientras los voluntarios esperábamos en botes volteados a manera de bancos, llegamos al mismo tiempo una niña indígena y yo. Entonces se acercó un “chavo bien” con una escoba en mano, “hay que barrer el área de consultas psicológicas”, dijo mientras le extendía la escoba a la indígena, porque así lo aprendió. “Se necesitan brazos para cargar herramientas”, comentó mientras me saltó con la mirada, una y otra vez; una vieja no carga, así lo aprendió. Rápidamente, en los microcosmos que las tiendas de campaña creaban, se había gestado una sociedad con jerarquías. Pensé, si el mundo se acaba y este entorno es el principio de una civilización, seremos siempre los mismos.

Luego del 85, durante años la ciudad quedó en silencio, sin cláxones, con gracias, con voces cordiales en tonos bajos, con miradas compasivas; fuimos otros durante años… Esta vez fuimos otros durante sólo algunos días. Somos habitantes del siglo xxi en el planeta del espectáculo, somos actores de nuestras vidas, hacemos de nuestra existencia un episodio épico. Nos mostramos felices en las redes sociales, abrazados, ideales, como aquella foto que mereció miles de likes: la de un grupo de jóvenes blancos y guapos que sonreían a la cámara, los sobrevivientes de Álvaro Obregón 286 como protagonistas del programa Survivor. En sus ojos no se imprime el infierno que significa que decenas de sus compañeros de trabajo murieran pocos días antes. El dolor de los demás dura poco para los que tenemos techo, comida, trabajo o a nuestros amores a salvo. La vida sigue. Se amontonaron los platos sucios, la ropa sin lavar, la lista de pendientes, los correos electrónicos sin contestar y los pagos. Se amontona la vida porque la tenemos.

Miro por mi ventana, allí está la Ciudad de México. Se ve tan bonita apenas dos semanas después del temblor. Desde aquí no se ven las ruinas, no se escuchan los llantos, ni se siente el frío del amanecer en la calle. Las noticias corren con prisa, ya Barcelona, ya Las Vegas, otra vez Trump. Siguen las quejas contra la perenne corrupción; otra vez Televisa miente y el Gobierno no sirve de nada. El dolor de los demás ya no es tema. Los centros de acopio cierran. Unos cuantos saben que la ayuda sigue siendo necesaria pero los chats quedan con palomitas grises. La vida sigue, la prisa sigue —nada la detiene— la vida sigue. El dolor de los demás incomoda después de un rato. Parece una ilusión el habernos sentido comunidad, el mirar al otro, el despertar solidarios y dormir con los brazos y las piernas cansadas; apagar los celulares, sentir. El dolor de los demás resulta un mero episodio con el apuro de la cotidianidad que atrapa, que nos encierra, que corre con prisa hacia el planeta ombligo. Rápidamente nos cobijamos en lo virtual. Silencio, guardemos un minuto de silencio. Mientras escribo esto hay muchas personas con frío durmiendo en la calle. Marlene en Tepito, parada frente a su patrimonio en ruina, me dice

Para muchos la vida sigue, pero la nuestra se detuvo por completo el martes 19 de septiembre a la una de la tarde”.

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