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Conflictos sociales

El fantasma del pasado

Por Dani Pérez

11 mar 2019

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El 31 de diciembre de 1999, Boris Yeltsin, el primer presidente de Rusia, anunció públicamente su renuncia tras ocho años de gobierno, y al hacerlo transfirió su poder a Vladimir Putin. En vez de mostrar este evento desde la perspectiva de Yeltsin o Putin, el director Vitaly Mansky comienza el documental desde el punto de vista de su esposa y sus hijas. Después de haber abierto alegremente los regalos de Año Nuevo con su familia, Natalia Manskaya— la esposa de Mansky y productora de la película— expresa un amargo desdén hacia la renuncia del presidente, calificando la situación de “truco sucio”.

Estas escenas familiares —que se intercalan con entrevistas de Putin, Yeltsin y personas centrales en sus vidas— revelan la tensión irónica entre el trabajo de Mansky y sus creencias. A pesar de su oposición a Vladimir Putin, el retrato empático e íntimo que Mansky pintó de él anteriormente a través de sus videos fue hecho con la intención de aumentar la popularidad de Putin durante las elecciones presidenciales del 2000. El director reflexiona sarcásticamente,

Mi equipo documentó meticulosamente al candidato a la presidencia en su incansable labor en beneficio de las personas”.

Sin embargo, a través de su narración omnisciente, Mansky expresa una resistencia al líder ruso que es a la vez controlada y evidente. Lo hace en parte al mostrar los sentimientos negativos que Natalia tiene hacia Putin, tanto como su entusiasmo por votar en su contra. “Incluso si nada depende de nosotros, por lo menos no votaremos por los comunistas”, dice ella. Natalia refleja su pasión por el nuevo gobierno democrático en Rusia— uno que difiera de la historia oscura que el país sufrió bajo el gobierno soviético. En las elecciones presidenciales del 2000 en Rusia fue, al fin y al cabo, la primera vez que los rusos pudieron votar como ciudadanos registrados; por lo tanto esos comicios representan un momento fundamental en la democracia rusa.

En su documental, Mansky expone la idea de un nuevo gobierno democrático, pero la contrasta con las políticas y posturas de Putin. Esto en sí mismo es un acto de resistencia, porque presenta a Putin como otra manifestación del pasado soviético de Rusia. Putin’s Witnesses revela el entrelazamiento de lo antiguo y lo nuevo en la Rusia de Putin. Este matrimonio entre el pasado y el presente resulta muy bien ejemplificado en la comisión de Putin para un nuevo himno nacional, que presenta la música del himno soviético con diferentes letras. Es así exactamente como Mansky interpreta al gobierno de Putin— nuevas palabras, pero la misma melodía. Con Putin, lo nuevo es sólo una versión renovada de lo viejo.

La película constituye un poderoso testimonio sobre la esperanza de una nación por un futuro mejor, enredada con el resurgimiento de su pasado controversial. Es un documental a la vez sincero y performativo, que mezcla momentos familiares íntimos con vistazos a la vida de Putin ensayados y curados por él. El cautivador y extraordinario documental de Mansky le ofrece al espectador la oportunidad de ver a Putin más allá del espectáculo, tanto cuando el presidente elige ser sincero como cuando Mansky lo expone sin su conocimiento. Un retrato tan cercano de Vladimir Putin había estado disponible sólo para unos pocos, y era especialmente inaccesible considerando la intensa censura sobre los medios de comunicación bajo el gobierno de Putin. Con un mensaje final escalofriante, en el que Mansky advierte sobre las consecuencias de la complicidad, Los testigos de Putin pide a sus espectadores que no sean simples testigos de la tiranía, o la nación pagará el precio.

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