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La ruta de los retratos del poder: entre el elogio y la crítica

Por Germán Martínez Martínez

7 may 2019

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Algo que llamamos poder es tan fascinante para tantas personas que hasta hablamos de la erótica del poder. Como si algo que parece tener relación con la política invadiera incluso el deseo carnal. El académico Henry Kissinger —no muy agraciado físicamente, pero en un papel determinante para la política del mundo como máximo encargado de las relaciones internacionales de Estados Unidos en los años setenta—, llegó a decir que el poder era el afrodisiaco total, cuando salía con actrices de fama mundial, como la sueca Liv Ullmann. La creación cinematográfica misma no ha sido ajena a esta fascinación. Basta recordar que, por años, en esas jocosas listas de mejores películas que se hacen, reinó El ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), retrato ficticio —inspirado en un personaje real—, de un poderoso que ambicionaba todavía más.

Es común, a pesar de asomos y esfuerzos de reticencia, que los retratos del poder terminen en elogios, producto de ese encantamiento que la autoridad parece crear en muchos. Una de las probables razones para esto es una especie de curiosidad a la que los directores no logran escapar, estén trabajando en el campo de la ficción o en el género documental. Acaso, no resistirse a la curiosidad sea una virtud estética, pero al tratarse del poder en sus consecuencias sociales, la curiosidad no debiera ser ingenua pues, de serlo, se desligaría de una toma de posición ante la figura que detenta el poder. De este problema no se alcanza a escapar por introducir esos atisbos de reticencia. Por eso es importante detectar que, en la vena elogiosa del poder en el cine, se han desarrollado sofisticadas maneras de proceder.

Una vía usual para que una obra cinematográfica sobre un personaje poderoso no parezca elogio, aunque lo sea, es la que se suele describir como mostrar el lado humano de la figura. Con esto generalmente se hace referencia a filmar a los personajes en situaciones de cotidianidad que no suelen ser capturadas y difundidas al mismo nivel que las de desempeño público. Esto tiene el riesgo de resultar un recurso convencional, pues se trata de la simple inversión de la estrategia común de los poderosos —que administran cuidadosamente su imagen para construir la percepción que se tiene de ellos. A la popularidad de este camino contribuye incluso el morbo del público, pero esto no garantiza el encanto cinematográfico de las imágenes. Que hay ocasiones en que esto se vuelve revelador, no hay duda. En Derrida (Kirby Dick, Amy Ziering, 2002), por ejemplo, resulta memorable cuando el filósofo, al mando de las ideas, se asoma y titubea ante el tráfico de coches en una avenida para cruzarla. Sin embargo, lo que está detrás de infatuarnos con ver a alguien cruzar una calle, habla más de apego a líderes —quizá incluso de algún miedo a la libertad—, que de la naturaleza del poder. La emoción ante los poderosos puede tener su origen en la superstición de que habría algo especial en las personas que detentan poder. Hay, por supuesto, una pulsión y una ambición poco común entre tales personajes, no necesariamente muchas otras cualidades. Se trata de un apetito, como otros que tenemos los demás, sólo que el poder tiene consecuencias más visibles.

 

 

La crítica de las figuras de poder es otra opción del cine documental. Nuevamente, no se trata de una ruta fácil. Uno de los peligros es que la simple adopción de una posición política diferente a la del retratado no constituye necesariamente una crítica, sino que puede ser sólo una diferenciación, que nos diga más sobre la personalidad que el cineasta quiere proyectar de sí mismo. Por otra parte, la crítica del poder en el cine requiere de un fino balance entre la imaginación cinematográfica y la investigación intelectual, lo que no es sencillo y no se conjuga siempre en cualquier director. Si dejamos de lado la fantasía de la democracia como solución infalible a cualquier problema social y seguimos, en cambio, la más modesta concepción de la democracia como un simple mecanismo civilizado para la competencia por el poder, entonces, que se logre la crítica de los poderosos en un documental, resulta una contribución magnífica. Si eso se consigue, una obra cinematográfica puede llegar a ser, no un elemento que cambie al mundo —como vanamente creen demasiados generadores de productos audiovisuales—, pero sí una estupenda parte de la discusión pública que, a su vez, pueda ayudar a moldear la sociedad. Esto es, no obstante, sólo una posibilidad tangencial del cine documental, no un paradigma que deba adoptarse porque, paradójicamente, no hay poder que se pueda imponer a la creación cinematográfica genuina, que parece apuntar a ser libre.

El programa de la Gira de Documentales Ambulante 2019 incluye diversas visiones del poder de diferentes partes del mundo en su Ruta del retrato del poder. Si bien un par de los documentales fueron hechos por directoras, sólo en uno de los retratos se aborda una mujer, lo que algo dice sobre el carácter del poder actual. Uno de los personajes tratados es, precisamente, epítome del machismo contemporáneo. Vladímir Putin es, hacia el final de la segunda década del siglo XXI, el ejemplo por excelencia de los actuales regímenes que se ha dado en llamar democracias antiliberales (illiberal democracies) y de lo que las mentalidades autoritarias alrededor del mundo conciben como modelo de hombre poderoso. Su manera de ejercer el poder y de presentarse en público, siempre haciendo despliegue de su dominio, sea mostrando su torso desnudo o siendo, bajo la lluvia, el único personaje que es cubierto por un paraguas, genera admiración entre demasiadas personas: las dispuestas a entregarse al poder. El presidente ruso es el tema de Los testigos de Putin (Vitaly Mansky, 2018). El análisis de la llegada al poder de Putin puede ser materia para intentar comprender la propagación de populares liderazgos nacionalistas y antidemocráticos alrededor del mundo. Como cine, este documental revive imágenes, deja ver posibilidades alternativas, que no ocurrieron, de desarrollo de la historia.

 

 

De América Latina el programa trata casos en Bolivia y Brasil. El general Alfredo Ovando Candía, retratado en Algo quema (Mauricio Ovando, 2018), fue uno de esos militares latinoamericanos, que terminó en golpista múltiple y dictador en Bolivia, pero al que todavía se dirige cierto elogio por algunas acciones nacionalistas. Ovando es, además, uno de los acusados por el destino final que corrió Ernesto Guevara. El uso de películas caseras en que se ve a un hombre maduro en su cotidianidad nos muestra la relatividad del poder: el exdictador de un país, fuera de él, pasado el tiempo, y entre los no conocedores de la política boliviana, es sólo un hombre viejo conviviendo con su familia. A su vez, Al filo de la democracia (Petra Costa, 2019), aborda el periodo contemporáneo de Brasil y se asoma a las presidencias emanadas del Partido del Trabajo, de Lula da Silva y Dilma Rousseff. Ambos documentalistas latinoamericanos ofrecen perspectivas que los involucran personalmente —más allá de ser ciudadanos—, por la relación de sus familias con el poder en ambos países. Como el documental sobre Putin, estas obras plantean el asunto de la relación entre memoria y poder. La forma en que se recuerda el poder es maleable, lo que en su momento puede haber resultado positivo para una sociedad, en ocasiones, es recordado de manera diferente, incluso contraria. También ocurre, a veces, que lo que fue irrelevante se convierte en central en la memoria, a pesar de la realidad histórica. Lo que parece inescapable es que el poder busca crear y fijar su memoria, lo que nos devuelve a la pertinencia de la crítica como una de las posibilidades creativas del cine documental.

Kurt Waldheim es objeto de análisis en El vals de Waldheim (Ruth Beckermann, 2018). Waldheim es el anómalo caso de una persona que consiguió ser secretario general de la Organización de las Naciones Unidas por dos periodos —es decir, diez años en total—, sin que hubiera reclamo por su pasado nazi, que había logrado ocultar con eficiencia. Sólo posteriormente, al ser candidato presidencial en su natal Austria, estalló el escándalo que, no obstante, no le impidió alcanzar el poder y sólo hacia el final de su periodo presidencial se estableció que no se le podía comprobar participación en crímenes de guerra, pero sí el ocultamiento de su participación en el ejército nazi, en diversos puntos de Europa. Al documentar la denuncia del secreto, la película, de quien fue activista en contra de Waldheim, se inscribe en un tipo de materiales que, además de ser críticos, pueden llevar al público a las preguntas tanto de si es posible la neutralidad en el cine documental, como de por qué algunos cineastas pretenden sugerir que ellos no estarían ofreciendo una perspectiva específica sobre su tema.

Es ineludible mencionar, de manera especial, la película codirigida por Werner Herzog y André Singer, Conociendo a Gorbachov (2018). Mijaíl Gorbachov es un líder que resume la veleidad del poder, incluso lo ilusorio de su naturaleza. Alguien como Kissinger —mencionado al principio de este texto—, basado en su intelecto y sus relaciones, como consultor internacional ha conservado su influencia y construido un tipo de poder distinto al que tuvo en los setenta. Pero la absoluta mayoría de los personajes del poder tienen experiencias que contrastan con esa perdurabilidad. Gorbachov, quien en el documental afirma que

Las luchas por el poder son peligrosas”

Encabezó la Unión Soviética. Lo hizo cuando el país, y también las naciones que la URSS sometía en Europa, daban clara muestra de su fracaso en múltiples planos: se volvía cada vez más evidente que eran regímenes inviables.

La primera ministra de Gran Bretaña, Margaret Thatcher, mujer poderosa y pieza fundamental de la revolución neoliberal, supo reconocer en Gorbachov a un líder con apertura hasta entonces no vista en la Unión Soviética. Famosamente, a pesar de que él creía en la posibilidad de rescatar el proyecto socialista, Thatcher le dijo con toda claridad que ella odiaba el comunismo. Esto no impidió el diálogo, sino que lo volvió productivo, desde posiciones nítidamente diferenciadas y llevó a que Thatcher declarase, reiteradamente, que Gorbachov era alguien con quien las potencias occidentales podían negociar.

 

Que una persona con el perfil reformista de Gorbachov llegara a la cima del sistema soviético no era inevitable. En vez de él, podría haber alcanzado el poder alguien que prolongara la agonía social bajo el totalitarismo; a la manera de los hermanos Castro en Cuba o de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. En cambio, lo que siguió al encuentro con Thatcher fueron diálogos y reuniones de Gorbachov con el presidente estadounidense Ronald Reagan, que culminaron en acuerdos de desarme nuclear, el fin de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín —como metáfora de la liberación de los países que habían padecido el dominio soviético— y el posterior desmembramiento de la URSS. Precisamente por esto, Gorbachov, el hombre que contribuyó de forma central al fin de la amenaza nuclear a la humanidad —que en el momento populista que vivimos parece renacer—, después cayó en descrédito entre buena parte de la población rusa. Lejos de verlo con el reconocimiento de contribuir a liberar a millones de personas, se le atribuye haber destrozado una supuesta grandeza soviética, misma que, convertida en nostalgia y confundida con orgullo imperial zarista, aprovecha Putin para consolidar su poder antiliberal.

Así el poder de Gorbachov, que transformó el orden mundial al restablecer la posibilidad de la libertad a las naciones que padecían el totalitarismo socialista, se desvaneció a la vista de él mismo, de sus compatriotas y del mundo; quizá porque el poder, con frecuencia, es ilusión, como tantas cosas que ordinariamente parecen esenciales. Acaso por esto, aunque haya una clara simpatía hacia Gorbachov, la mirada y el comentario de Herzog —tan centrales en su obra documental—, desde el cine y la sabiduría, sean una forma de trascender el elogio e incluso la crítica, pues capturan, a pesar de la fascinación que produce y de su ineludible peso en la vida, el carácter elusivo del poder, su impermanencia.

Germán Martínez Martínez es crítico cultural y teórico político. Ha sido profesor e investigador en la Universidad de St Andrews y la Universidad de Londres, en Gran Bretaña, y en la UIA y el ITESM, en México. Fue director de programación del Discovering Latin America Film Festival, de Londres, y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Su ensayo sobre el cine mexicano de Alfonso Cuarón se publicó en A Companion to Latin American Cinema.

 

*Este texto es una de las seis reflexiones que se escribieron sobre las rutas de la programación diseñadas para Ambulante en su 14ª edición, las cuales fungen como una propuesta de los programadores para navegar la selección del festival. Cada una esboza algunas coincidencias entre filmes y las inquietantes preguntas que lanza el cine a los espectadores.

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