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Artes

Yermo

Por Ambulante

14 feb 2020

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Yermo es una película lenta y reflexiva, del director Everardo González, que le brinda al público un vistazo a los estilos de vida de individuos que se encuentran muy lejos de lo que consideraríamos sociedades modernas. González explora una gran diversidad de gente indígena, lenguas y prácticas culturales para revelar verdades universales sobre la experiencia humana, específicamente sobre nuestras relaciones con los otros y con el mundo.

La película presenta grupos nómadas de Namibia, México, Australia, India y Mongolia, entre otros, y muestra la vida como la han vivido estas comunidades indígenas por muchas generaciones. La aparente simplicidad de su forma de vida es sorprendente desde el inicio, con casas y formas de vestir que pueden parecer primitivas para el público contemporáneo. Vemos granjas y comunidades pequeñas, danzas tradicionales y vasijas de barro hechas a mano. El pudor no es prioridad: las mujeres de una tribu andan con el torso descubierto, y los niños prácticamente desnudos toman leche de los pechos de sus madres antes de irse de nuevo a jugar. En resumen, los espectadores observan sociedades modestas que difieren de las nuestras en la mayoría de los factores más relevantes.

El estado preindustrializado de muchas de estas tribus hace que la cámara sea una presencia más imponente que en la mayoría de los documentales. A menudo la miran con incredulidad ya que es una innovación desconocida para muchos de los sujetos de la película, y porque la intención de quienes la manejan quizá no es clara para los individuos. González permite que se aborde la cuarta pared de su documental: hay una larga discusión sobre si se filmó a dos personas de una tribu teniendo sexo, y si tenían o no el derecho de hacerlo si fue el caso. Lo novedoso de esta tecnología, y sus posibles peligros, permea esta película conforme se obliga a los indígenas a luchar con las complejidades del mundo modernizado de una forma en la que probablemente no habían tenido que hacerlo antes.

Aquí es donde debemos comenzar a preguntarnos si en realidad es un beneficio para la sociedad. Es decir, ¿los individuos de sociedades “modernas” deberían alterar la estructura y continuidad de sociedades “premodernas” con avances tecnológicos y moralidad de la nueva era? ¿Los esfuerzos por introducir estos elementos mejoran o empeoran la vida de las personas que se las han arreglado sin ellos? Hay una escena interesante al principio de la película en la que le preguntan a una mujer qué edad tenía cuando se casó y no pudo responder; no tuvo educación, así que dirige la pregunta a su esposo. Sin embargo, a ella no le importa no saber, y acepta su ignorancia como un elemento necesario en la vida que se ha construido.

Los valores modernos pueden llevarnos a afirmar que esta mujer tiene derecho a la educación, y que su ignorancia es indicadora de una sociedad patriarcal que busca despojar a las mujeres de su autonomía y hacerlas más dependientes de los hombres. Por otro lado, podría argumentarse que deberíamos ahorrarnos nuestros juicios; si ella es feliz en el papel que ella eligió, ¿qué derecho tenemos para juzgar? Se podría argumentar que su aceptación viene del hecho de que su estilo de vida es el único que conoce, pero también se podría aplicar esa misma crítica a cualquier individuo que creció en una sociedad industrializada. ¿Es mejor dejar que estas comunidades se comporten como ellas quieran, sin importar los problemas que nosotros pudiéramos tener con su estilo de vida?

La respuesta no es tan sencilla. Darle permisividad moral a acciones y pensamientos potencialmente arcaicos bajo la bandera de un precedente cultural puede ser un camino peligroso. No podemos justificar la injusticia solo porque es lo que se ha hecho siempre. Sin embargo, evaluar la felicidad y la libertad bajo estándares americanos es igual de peligroso. No podemos suponer que sabemos lo que otras personas de otras culturas quieren de sus vidas. González decide no tomar ninguna postura, más bien les permite a estos individuos contar su historia. Su estilo de vida nos puede parecer extraño, y quizá no lo aceptemos del todo, pero, sea como sea, ellos merecen encontrar la felicidad de la forma que mejor les convenga.

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