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Selfies y cine durante el confinamiento

Por Sabina Orozco

14 abr 2020

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En los primeros minutos de Los espigadores y la espigadora (2000) Agnès Varda toma la cámara como si estuviera filmando al espectador, luego —cual selfie— surge una imagen pixelada de su ojo y parte de su cabello. A continuación, la directora muestra un espejo girándolo hacia ella. Mientras esto sucede,  enumera las cualidades de aquel artefacto que puede sostener con una sola mano.

Estas nuevas cámaras”, dice, “son numéricas, fantásticas, permiten efectos estroboscópicos, narcisistas e incluso hiperrealistas”.

Transcurridas dos décadas del estreno de ese documental, la secuencia mencionada mantiene elementos de una vigencia impactante. La información que a diario consumimos en redes se constituye, en gran medida, por imágenes autorreferenciales: un café recién hecho, el libro en turno, la vista por la ventana o cualquier otra cosa capaz de entrar en el campo semántico de la cotidianidad del usuario. La directora francesa muestra un autorretrato deconstruido de su rostro, un recordatorio de que el propio reflejo pone en cuestión la realidad. ¿Ella habría imaginado el devenir de grabarse a uno mismo en los años posteriores?

A propósito del confinamiento, son numerosas las fotos subidas a Instagram o Facebook relativas a la rutina de quienes pueden mantenerse en casa. El fenómeno de compartir el retrato, por así decirlo, de dicha circunstancia nos habla de una necesidad de sentirnos en comunicación con los demás, sobre todo si consideramos la cantidad de personas aisladas sin compañía. La posibilidad de hallarnos conectados a Internet es una gran herramienta para seguir en contacto con el mundo. O al menos percibirnos así.

Seguramente, el registro visual generado a partir de la reclusión constituirá gran material de archivo. Incluso es predecible su posterior empleo para fines artísticos y de investigación. El consumo de realidades ajenas a las cuatro paredes en las que permanecemos largo tiempo se perfila necesario. Sin embargo, es importante considerar opciones que no solo reiteren la condición en la que nos hallamos; lo cual no significa evadir, sino nutrir la mente de las maneras más heterogéneas posibles. El cine, ya sea documental o de ficción, se presenta como una alternativa al flujo audiovisual de las redes sociales, ofrece la oportunidad de relacionarse con la otredad y su representación. Múltiples sitios, entre ellos Ambulante, mantienen una oferta gratuita de películas online en época de confinamiento.

Estas líneas no intentan desacreditar las selfies ni las fotografías tomadas en casa. Por el contrario, son una invitación a documentar la actualidad y, a la vez, a recordar lo importante de mirar(nos) en la mayor cantidad de soportes, mirar cómo los otros se miran, como Varda en esa imagen pixelada.

Sabina Orozco (Oaxaca, 1993). Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Ha publicado textos críticos y de ficción en medios como Este País, Tierra Adentro, Milenio y Punto de Partida. Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa.

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