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Salud

Birth Wars. En busca de algo mejor

Por Sharon Bissell

1 may 2020

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Birth Wars es la historia de dos parteras, un sistema de salud y el acto de nacer en México. Es la historia del poder y la impotencia; de la desesperación y la esperanza; de contradicciones sin sentido; de la precariedad y la solidaridad. Desde la frondosa selva chiapaneca hasta los ríos y sumideros del Istmo de Tehuantepec, Birth Wars nos conduce por los rocosos y áridos valles de las montañas de Guerrero hasta las concurridas calles de la Ciudad de México y de Monterrey, recordándonos las realidades del parto, a menudo más duras que tersas, así como la esperanzadora lucha por regresarlo a las manos de las mujeres, traerlo de vuelta a una esfera de empatía y amor.

El documental nos lleva a la región de Ocosingo, Chiapas, lugar donde vive y trabaja Guadalupe, una partera tradicional. En plena obscuridad de la noche y en compañía de otras mujeres, Guadalupe logra resucitar a un recién nacido al soplar aire hasta sus pequeñísimos pulmones después de un nacimiento complicado; tanto la madre como el bebé podrían haber muerto si Guadalupe no hubiera estado ahí. Otro día, en silencio y a paso firme, Guadalupe acompaña al hospital a una embarazada cuando ve los signos de alarma durante su parto. Guadalupe y las 14,000 parteras tradicionales de México, algunas de las cuales se han organizado en redes como el Movimiento de Parteras Nich Ixim en Chiapas, son las trabajadoras de salud de primera línea en regiones donde las mujeres, desconfiadas, resisten ir a los hospitales donde desconocen su cultura y su idioma. Las parteras son la columna vertebral y el sostén emocional de sus comunidades, las únicas a quienes recurren cuando se acerca la fecha incierta del alumbramiento.

La tensión que vemos en Ocosingo entre las comunidades y el sistema de salud no se limita a esa región. El documental pasa por otras zonas, otros hospitales donde nos muestra que se trata de un mal generalizado, omnipresente; pero Birth Wars nos presenta, también, a los prestadores de salud que se preguntan “¿podrán los médicos y parteras trabajar juntos, en equipo? ¿Podrán cambiar los entornos para ofrecer servicios de calidad y calidez verdaderas?” En muchos sitios, la resistencia de los médicos se vence al ver lo exitoso que puede ser el modelo de la partería. “Que las parteras sepan cómo trabajan los médicos” explica Luis, uno de los doctores de Ocosingo, expresando un sentimiento común, pero agregando esta idea, nacida de su propia experiencia

y que los doctores sepan cómo trabajan las parteras.

Y es así como la película tiene una veta política y hace una invitación abierta a desafiar el statu quo, a hacerse preguntas difíciles para encontrar soluciones novedosas. Las y los protagonistas de esta historia denuncian las inequidades, así como el deficiente acceso a la atención médica en zonas marginadas. Denuncian el mal uso y el exceso de intervenciones médicas en mujeres durante el parto que ha llevado a México a ser el tercer país con la tasa más alta de cesáreas en el mundo. Denuncian la sobresaturación de los hospitales, los inadecuados servicios locales que han tenido como consecuencia que mujeres den a luz a solas en los baños o en las entradas de las clínicas. Denuncian el rechazo a la medicina tradicional y lo dañino que puede resultar mantener al sistema hegemónico por encima de las cosmovisiones indígenas. Hay algo profundamente mal en la manera en la que las mujeres son tratadas en los hospitales, profundamente mal en cómo mantienen a los padres fuera de las salas de parto, en cómo se ha normalizado que mujeres den a luz como si fueran máquinas en línea de producción, en cómo esto se ha dejado de cuestionar.

En el documental, vemos los mismos rostros de impotencia en dos esposos que desde las lejanas colinas de Guerrero y Chiapas, viven la impotencia de no poder ayudar a sus parejas a navegar por los desconocidos hospitales con sus tubos intravenosos, sus monitores, su equipo de protección, sus luces blancas y sus pasillos deslumbrantes —o incluso a comunicarse con médicos impacientes que no hablan su idioma—. Esos jóvenes viven un mundo diferente a otro padre que sostiene la espalda de su pareja mientras maneja su trabajo de parto en compañía de parteras. El desequilibrio de poder pulsa en la pantalla.

La lucha política por el parto humanizado en respuesta a estas desigualdades es una visión compartida por un creciente número de parteras con estudios postsecundarios y universitarios que desean cambiar el paradigma de la salud reproductiva en México. Para hacerse partera en México hoy, además del camino de las parteras tradicionales, está el camino de las parteras autónomas, formadas a menudo fuera de México, y algunos nuevos programas locales como la escuela de Tlapa, retratada en el documental. Hoy día México tiene 12: dos escuelas técnicas en Michoacán y Guerrero, dos licenciaturas en Morelos e Hidalgo y ocho sedes de posgrado en enfermería perinatal. A este ritmo, a México le tomaría siete años enteros capacitar a suficientes parteras para atender tan solo al 20% de los dos millones de partos cada año. Según estimados recientes hechos por el gremio, actualmente hay menos de 300 parteras empleadas en la práctica clínica del país; muchas de ellas optan por la vía privada ya que pueden practicar su profesión de la mejor manera, sin sentirse presionadas a practicar intervenciones médicas innecesarias.

Aunque las parteras profesionales son quizá menos conocidas en México que las tradicionales, también son poco comprendidas por el sistema de salud. La fina cámara de la directora Janet Jarman sigue a Rafaela, una recién graduada de la primera escuela de partería financiada con fondos públicos en la ciudad de Tlapa, Guerrero. Conocemos su viacrucis para encontrar trabajo. El cariño y admiración que se le tiene a Rafaela es evidente. Vemos escenas de mujeres de la comunidad despidiéndose con lágrimas en los ojos el día que Rafaela termina su servicio social en Zoyatlán de Juárez, Guerrero. Su supervisor la alaba con palabras de reconocimiento y aliento. Pero para parteras como Rafaela, no hay trabajo. El sistema de salud mexicano no está configurado para darle entrada a las parteras, no está listo para un modelo que ponga como prioridad las necesidades de las mujeres en vez del sistema o los médicos. Rafaela deja su familia para laborar en una pequeña escuela de partería en Oaxaca y en el clímax de su rol en Birth Wars, inspira a las audiencias en una conferencia de enfermería en Veracruz. Su viaje de Zoyatlán hasta Xalapa ha sido largo. Tanto en la pantalla como en la vida real, Rafaela no mastica sus palabras. A ella le importan las mujeres y su profesión, pero se mantiene escéptica ante el sistema. Dada la escasez de trabajo digno para parteras profesionales, ahora Rafaela practica su profesión en Veracruz de manera independiente con mujeres que buscan una opción segura y cálida para sus partos. Mujeres que saben lo que quieren, y tienen la suerte de encontrarlo en Rafaela.

En el momento actual de un mundo que vive bajo la peor pandemia de nuestros tiempos, las desigualdades retratadas en Birth Wars están al frente y en las mentes de miles de familias cuyos bebés nacerán bajo la curva del COVID-19. El virus expone y hace aún más evidente las profundas inequidades del sistema de salud en México, y resalta el impacto diferenciado en las comunidades más pobres y marginales del país.

Expertos en salud reproductiva han abogado incansablemente por separar el nacimiento a la enfermedad. Hoy en día esa separación es imprescindible. México necesita parteras, y necesitamos apoyarnos y apoyar a las parteras que ya están practicando en zonas tanto rurales como urbanas.

 

Sharon Bissell es directora de la Oficina de México de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur, que en 2016 otorgó un donativo a Tonalá Productions para la producción de un documental independiente sobre partería en México.

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