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LGBTQ

Una reina común

Reseña de La reina de Irlanda

Por Isabel Alexander

4 mar 2017

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Traducido por Aída Flores

El tema del documental de Conor Horgan, La reina de Irlanda (2015), se aleja completamente de la realeza tradicional. Con tacones de aguja altísimos, pestañas infinitamente largas y una peluca rubia saturada de spray, esta descomunal celebridad sustituye la elegancia clásica con extravagancia y humor negro. Ella no inspira a las masas de manera discreta, sino con comentarios ingeniosos y moviendo las caderas.

Es una líder y alguien que escucha, un ícono y una amiga … con un detalle singular: ella es un hombre.

Rory O’Neil llegó a la escena drag con el mismo entusiasmo que caracteriza sus espectáculos. Recién graduado de la universidad, abandonó sus planes de convertirse en diseñador gráfico y llevó su fascinación por la escena underground de los bares gays irlandeses a la cultura más abierta del performance japonés de Tokio. Es en Japón en donde Rory asumió el personaje glamoroso y caricaturesco que no tardó en obtener el famoso seudónimo “Panti”.

“La reina de Irlanda”, Ambulante Gira de Documentales 2017

Debajo del maquillaje y el spray, el ícono no es más que un ser humano.

Pero Panti, la figura principal de esta película, es mucho más que una comediante, una artista, una activista por los derechos de los homosexuales o un personaje adorable. En muchos sentidos, el retrato que hace Horgan de este ícono se convierte en un retrato de toda la comunidad gay, la cual ha experimentando cambios culturales muy rápidos en las últimas décadas, sobre todo en una comunidad tan pequeña como la de Irlanda. De niño, Rory tenía su forma particular de sentirse “diferente” (sus videos caseros parecían cuentos de hadas, ya que los narraba como si tuviera un libreto), y en el documental esta historia abre el camino para comentarios culturales más serios. “Ser gay abiertamente en los ochenta era como ser un criminal sexual”, declara el activista de los derechos LGBT Tonie Walsh al recordar el asesinato de Declan Flynn, un joven de 15 años, en 1982, y las protestas en contra de las sentencias tan blandas que recibieron sus asesinos. Videos de antros gays en la década de los 80 ponen en contexto la fascinación de Rory por el floreciente “universo paralelo” de “homosexuales ilegales”, así como la “explosiva energía” provocada por la discriminación de los homosexuales en los 90. “He pasado la mitad de mi vida tratando de recapturar esa emoción”, afirma Rory.

“La reina de Irlanda”, Ambulante Gira de Documentales 2017

El retrato de Panti se convierte en un retrato de toda la comunidad gay.

La enérgica celebración de la afeminación que exhibe O’Neil se detiene en seco cuando se abre un proceso legal debido a su presencia en un talk show irlandés. Como respuesta, la drag queen pronunció un conmovedor discurso acerca de la realidad en la que viven los homosexuales, discurso que pronto se volvió un manifiesto viral de la campaña por los derechos gay en Irlanda. La película termina con la misma escena con la que comienza: Panti se apodera del escenario durante una celebración de la legalización del matrimonio gay. Con sus desafiantes comentarios y su provocativa apariencia, este ícono es, para muchos de sus fans, la verdadera reina de Irlanda.

Pero hasta las reinas tienen defectos y eso vuelve entrañable a la extraordinaria figura de Panti. El mismo Rory compara a la perfecta caricatura de Panti con “aquella persona de carne y hueso que suda en los espectáculos”, y así nos recuerda que, debajo de las cantidades industriales de maquillaje y spray, el ícono no es más que un ser humano. Esto es más evidente que nunca en su discurso en el Abbey Theatre, en el que la drag queen habla de los exámenes de conciencia tan exhaustivos que surgen tras recibir el menor signo de discriminación. “¿Qué hay en mí que delate mi homosexualidad?”, pregunta Rory (declaración un tanto irónica dada su vestimenta afeminada). Pero para que la fuerte y emblemática Panti salga a dar su discurso (y no el inofensivo Rory que hay debajo) viste sus palabras con un poderoso escudo, ya que hasta las personalidades más excéntricas y aparentemente seguras de sí mismas se ven afectadas por la homofobia.

Y es esta vulnerabilidad, esta dualidad entre el espectáculo y la vida común, lo que le da tanta vida a Panti y a Rory. De hecho, lo que comienza como una contundente separación entre la persona y el personaje se convierte en un holístico retrato de su intersección. El mismo ícono que organiza los espectáculos para apoyar organizaciones de caridad contra el VIH es, en secreto, seropositivo. El mismo personaje que se burla del sentimentalismo en el escenario, se siente nostálgico al maquillarse en el tocador de su madre. El mismo hombre que usa costosos vestidos de noche, lava la ropa (en su modesto departamento) de día. Posiblemente es esta existencia de universos alternos lo que hace que la última escena sea tan sorpresiva. Cuando Rory da un espectáculo en su conservadora ciudad natal, la drag queen regresa de alguna manera a los días de su infancia: lo que alguna vez fue objeto de burlas se vuelve ahora una celebración. Finalmente, debajo de todo ese glamour se encuentra un niño de una pequeña ciudad, un niño que a través de su encanto, exuberancia y activismo cambió las vidas, para bien, de todos a su alrededor.

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