Género

No dejes que nadie te quite la rabia del corazón

En entrevista, Xela de la X, protagonista de Ovarian Psycos, habla de su despertar político y social como mujer feminista chicana, y de sus luchas permanentes en contra del machismo, el racismo y la discriminación.

Por Itzel Martínez del Cañizo

25 abr 2017

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Xela de la X es una mujer de origen mexicano, fuerte y rebelde. Nació y creció en una comunidad latina al este de Los Ángeles, donde ha hecho frente a múltiples formas de discriminación: como mujer dentro de una cultura machista, como mexicana en una sociedad racista y como madre soltera viviendo en el corazón del capitalismo. Pero todas estas dificultades la han convertido en una guerrera valiente, defensora de los derechos de su comunidad, rapera lúcida y fundadora del colectivo feminista Ovarian Psycos Bicycle Brigade, cuyas integrantes usan la bicicleta como arma de empoderamiento para confrontar la violencia que las rodea.

Ovarian Psycos, documental dirigido por Joanna Sokolowski y Kate Trumbull-LaValle, retrata las dinámicas, dificultades y logros de este colectivo, y de paso presenta a Xela de la X como eje central de esta historia de feminismo, lucha, ruedas y asfalto.

Hija de una familia de Michoacán que llegó a Estados Unidos a trabajar en el campo, su infancia estuvo delineada por el machismo represivo del padre y la sumisión de la madre, quien sostenía que las mujeres deben limpiar la casa y servir a los hombres. Vivió siempre encerrada, sin derecho a expresarse, sin libertad:

Por un tiempo ni supe que vivía en Los Ángeles. Así de cuidada y aislada del resto del mundo me tenían por ser mujer”.

Esa experiencia la impulsó a formar un movimiento de mujeres que tuviera por nombre un grito de fuerza; un movimiento que ha costado mucho trabajo mantener de forma organizada, activa, con fuertes convicciones políticas de solidaridad e igualdad comunitaria, pero sin fondos financieros de ningún tipo.

Itzel: ¿Qué significa el colectivo para ti y para la comunidad de mujeres del este de Los Ángeles?

Xela: Yo crecí en tiempos de mucha agitación. En mi escuela no nos dejaban hablar español y encarcelaban a los estudiantes indocumentados. Había muchas protestas que me afectaron mucho, incluyendo el levantamiento zapatista de 1994. Cuando tenía 16 años tuve problemas muy fuertes en la calle por las drogas, por lo que me mandaron a Minnesota a vivir en un albergue para jóvenes nativos americanos, los indígenas de Norteamérica. Con ellos descubrí mis raíces indígenas. Regresé con una rabia que hasta la fecha no me puedo quitar. Descubrí que lo que estaba pasando en mi casa era parte del trauma de la colonización, que era una cosa más allá de lo personal, algo político. Yo nada más era un ejemplo de lo que pasa cuando los mexicanos llegan a este país buscando una mejor vida y se encuentran con la explotación, con la supremacía blanca. Desde ese momento comencé a impulsar proyectos con las mujeres del barrio, con esas que pelean por lo que quieren y que tienen heridas bien profundas.

I: ¿Cómo has experimentado el racismo como mexicana en Estados Unidos?

X: El racismo es tan profundo, y su uso tan estratégico, que opera en todas partes. En las escuelas, por ejemplo, no nos enseñan ni lo más básico: la mayor parte de los jóvenes mexicanos en Estados Unidos se están graduando sin saber leer. Somos mexicanos o de ascendencia mexicana, una clase sumisa y explotada con facilidad.

También en nuestro barrio experimentamos los efectos de la gentrificación. Los blancos han visto la forma de hacer la comunidad más bonita para los ricos. Decían que querían quitar el crimen de las calles, y lo que hicieron fue decir que todos los mexicanos que tienen tatuajes, que conocen a alguien en la pandilla o que fueron a la escuela con la pandilla son culpables y deberían estar en la cárcel.

Todos los cambios que proponen para mejorar la comunidad son para beneficiar a quienes tienen más dinero, no para nosotros que aquí hemos vivido, sufrido, luchado; que aquí nos hemos organizado y perdido a nuestros hermanos, en la calle, balaceados. Para ellos sólo somos la gente de los márgenes que se puede echar a la basura fácilmente. Entonces, ¿qué importa toda esa beautification si los cambios no ayudan a la comunidad, sino que perpetúan el ataque? Por ejemplo, el espacio que se muestra en la película, La Conxa, fue comprado por una güera de aquí que compra propiedades en el este de Los Ángeles para convertirlas en galerías de arte.

Still de Ovarian Psycos

I: ¿Te interesan las mujeres y los jóvenes porque los consideras más vulnerables?

X: Yo creo que me atrae trabajar con la siguiente generación no porque sean vulnerables, sino porque todavía tienen esa rabia tan fuerte, tan cruda. Siento que es mi obligación decirles que esa rabia tiene derecho a existir, que es digna y que no deben dejar que nadie se la quite. Es como un fuego, es algo bello. Necesitamos desarrollar esa rebeldía para servir a nuestra comunidad.

I: ¿Qué ha logrado el colectivo que formaron?

X: Logramos tener un espacio para desarrollar nuestra capacidad, nuestra fuerza, donde nadie nos va a castigar, donde nos podemos sentir apoyadas y valoradas, donde sabemos cuánto poder tenemos como mujeres, aunque nos hayan enseñado lo opuesto. Estos espacios son bien importantes, no nada más para las jóvenes, también para las más grandes que nunca han tenido esa oportunidad de conocer su potencial más allá de su trabajo, de su maternidad y de su labor limpiando la casa, porque ahí descubren que son capaces de generar un cambio en sí mismas o en su comunidad.

Cuando nos juntamos un grupo tan grande de chicas en nuestras baikas, en la noche —una hora que tradicionalmente no es para mujeres y menos en bici—, juntas, haciendo mucho ruido, dominando el espacio, dominando la noche, es muy emocionante. No exagero cuando te digo que hay chicas que salen de la casa o que se quedan en la yarda con la familia, viéndonos sorprendidas, y hasta las abuelitas nos gritan o nos saludan. Pero los hombres como que se ponen miedosos, sorprendidos, se preguntan qué está pasando. Y hemos visto que instintivamente agarran a las chiquitas y las meten a la casa para que no nos vean, que no vean la posibilidad de tener otro papel: el que ellas mismas puedan diseñar o crear.

Cine rodada en CDMX junto a Joss the Boss

I: Y, ¿cómo contribuye la bicicleta al empoderamiento del grupo?

X: Para mí es significativo porque nunca me dejaron andar en bici, decían que me iba a romper el himen. La bicicleta es una metáfora, pero literalmente representa el poder de no tener dependencia de nada más que tu misma voluntad para navegar en cada espacio. Yo vivía metida en un cuartito y no podía ni ir afuera, entonces para mí fue como «en la bici me voy a mover, y me voy a mover más fácil que en carro», y también más saludablemente, haciendo ejercicio y sin usar gasolina, sin depender del sistema, con una libertad mucho más auténtica y mucho más humana. Ese fue el punto en el que yo dije que eso debía ser algo, con otras chavas, en la noche de luna llena, como brujas. Además, otra de las funciones de las rodadas es atraer a nuevas chicas a que vengan y se integren a nuestro movimiento to build with them, a construir una fuerza comunitaria, solidaria, con una base concreta.

ITZEL MARTÍNEZ DEL CAÑIZO es comunicóloga, documentalista y fotógrafa. Desarrolla proyectos colaborativos de intervención comunitaria y películas que exploran la intimidad en diferentes contextos. Ha sido profesora en la Universidad Iberoamericana y la Universidad Autónoma de Baja California. Actualmente es programadora de Ambulante.

Este texto es parte de la primera edición de La revista ambulante, la cual puedes descargar de forma gratuita para más entrevistas, reseñas y datos sobre la Gira de Documentales 2017.

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