Experimental

Latinoamérica en pedazos audiovisuales

Reseña de Injerto: El pueblo. Programa 1. Del pasaje a la crónica

Por Ma. Cristina Alemán

1 abr 2017

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Por Ma. Cristina Alemán

El cine no se define por su capacidad de contar historias. Para disfrutar este programa (y la sección de Injerto en general) es necesario deshacerse de uno de los clichés más comunes sobre la cinematografía, algo que se repite con tanta frecuencia que en ocasiones se confunde con la verdad. ¿Qué no van a encontrar en Injerto? El viaje de un héroe cuyo vicio o virtud lo conducen a un conflicto que se resuelve, para bien o para mal, al final de la película. Tampoco van a encontrar una exposición categórica de un tema, o una denuncia social; es más, difícilmente van a encontrar personajes. Lo que sí ofrece la sección de Injerto es una experiencia audiovisual poderosa, fascinante y provocadora.

Un recordatorio de lo que el cine, por sí mismo, puede lograr sin ayuda de la narrativa.

En esta edición de Ambulante, la sección de Injerto fue curada por el programador invitado Federico Windhausen, se titula “El pueblo: en busca de la Latinoamérica contemporánea” y se presentó por primera vez en el Festival de Cine de Oberhausen. Windhausen escribe en sus notas de programación que en las décadas de los 60 y 70, el concepto de ‘el pueblo’ era utilizado por el Nuevo Cine Latinoamericano como una idea que podría mover a la acción social, era un llamado revolucionario. Hoy en día, sin embargo, la identidad colectiva de ‘el pueblo’ ha sido sustituida por “una serie de interrogantes”, y por “visiones más microscópicas y fragmentadas de asuntos problemáticos”. Por eso, explicó el curador en una función en el Cine Tonalá: “[en esta selección de películas] es muy importante la estética del fragmento” y “la idea de dejar el contexto fuera de la película”.

<em>Cuerda</em>, de Pablo Lobato (Brasil, 2014)

Cuerda de Pablo Lobato (Brasil, 2014)

¿Qué quiere decir todo esto para el espectador? Estas películas nos invitan a entregarnos por completo a la contemplación de un momento, o de varios momentos, que no vamos a comprender por completo. Y eso está bien. Cada escena en la que no sabemos qué está pasando, ni por qué está pasando, ofrece una experiencia sensorial pero también emotiva; no es necesario entender el contexto para reconocer la melancolía, el éxtasis o incluso una situación absurda. En el caso del programa 1 en particular, comentó Windhausen, la temática de cada cortometraje te prepara para el siguiente, pero después cambia: “Hay la producción de algo nuevo en cada corto, pero también está conectado con lo que ya vimos”.

<em>La cabeza mató a todos</em>, de Beatriz Santiago Muñoz (Puerto Rico, 2014)

La cabeza mató a todos de Beatriz Santiago Muñoz (Puerto Rico, 2014)

Lo que inicia con los lamentos de un corazón roto inscritos en un maguey, continua con lo que parecen los resultados de una masacre rural, y sigue con fragmentos de una serie de rituales: una procesión que involucra una cuerda y masas de personas descalzas apretadas una contra la otra; una limpia casera; y una ceremonia mágica dirigida por un gato negro. Finalmente, una advertencia meteorológica haciendo eco en un paisaje que ya parece post apocalíptico. En medio de la intriga, de buscar una explicación racional para lo que vemos y oímos, nos clavamos en la textura, en la piel mojada de los devotos, en la lluvia cayendo sobre las hojas de la selva, en el sonido del altavoz que rebota en las paredes de las aldeas abandonadas. Así, de la mejor manera posible, el programa 1 de Injerto está construido de pedacería.

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