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“Todo es caro en este país, pero la tristeza es gratis”

Reseña de Sin lugar para esconderse

Por Hayde Corona

3 abr 2017

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“Si no te han herido, entonces no eres de Irak” se escucha en los primeros minutos de Sin lugar para esconderse, película por la que Zaradasht Ahmed recibió el máximo honor en el IDFA 2016: el premio a Mejor Largometraje Documental.

Hemos visto mucho en las noticias sobre una guerra que nadie entiende, pero todo se queda en un coche bomba más, otro desplazamiento, más muertos, más dolor. Nori Sharif, un enfermo del hospital de Jawala, ha decidido que desea documentar las historias que han sido olvidadas y las vidas que se destruyeron durante y después de la llegada de las tropas estadounidenses.

“Si no te han herido, entonces no eres de Irak”

“Si no te han herido, entonces no eres de Irak”

En la región de Jawala, que se considera parte del “triángulo de la muerte” al centro de Irak, viven generaciones que han sido atormentadas, que han perdido a sus seres queridos, su movilidad, partes de su cuerpo, sus casas, sus sueños. Pero también hay generaciones jóvenes, como los hijos de Nori, que están tan acostumbradas al miedo que ya no lo sienten, es algo natural.

Zaradasht entrenó a Nori para que pudiera filmar todo a su alrededor. Si bien el director tiene amplia experiencia con las realidades del Medio Oriente, para lograr un retrato acertado de la guerra necesitaba a una persona que tuviera acceso a todas las zonas prohibidas y, sobre todo, a alguien con la intención de dar voz a los sobrevivientes.

Hay generaciones que están acostumbradas al miedo.

Hay generaciones que están acostumbradas al miedo.

La crudeza de lo que vemos en pantalla contrasta con la calidez humana de Nori y su familia, de los habitantes que a pesar de la desolación tienen fe, en sus dioses, en las razones por las que deben pasar por esta situación. Con la retirada de los estadounidenses el panorama se vuelve más confuso, al menos a ellos los tenían bien identificados, se veían, podían prevenir sus acciones.

Pero con el ascenso del ISIS y el aumento de zonas controladas por este grupo terrorista -o por los chiitas, o por los kurdos, o por cualquiera, pues la distinción entre amigo y enemigo ya no existe- no hay lugar para esconderse, la comunidad de Nori debe huir.

Al pasar de testigo a víctima, conocemos otra realidad, la de los desplazados, cuyo amor a su tierra les permite soñar con algún día volver.

Por más difícil que parezca, lo único que los ayuda a sobrevivir es “creer que la voluntad de construir siempre será más fuerte que el deseo de destruir”, como expresó el director.

“¿Qué sentido tiene filmar?” le preguntan los demás a Nori. Quizá para ellos su valentía será en vano, pero deben saber que sus historias no serán olvidadas y que algún día la felicidad también será gratuita para ellos.

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