Experimental

¡Vamos a ser malas!

Reseña de Las pervertidas

Por Ma. Cristina Alemán

6 abr 2017

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Las pervertidas forma parte del programa especial que acompaña el lanzamiento del nuevo libro de Ambulante Ediciones El cine como arte subversivo, una traducción al español del libro de Amos Vogel, publicado originalmente en 1974. Siempre recomendaré leer lo más posible sobre Vogel y su sociedad cinematográfica Cinema 16 (aquí hay un texto introductorio), pero tampoco es mala idea posponer la lectura y sumergirse directo en una película que, sin ningún remordimiento, se burla del orden social y destruye nuestros valores convencionales. Las pervertidas es una gran entrada al cine según Amos Vogel.

Se burla del orden social y destruye nuestros valores convencionales.

Se burla del orden social y destruye nuestros valores convencionales.

La trama va más o menos así: un par de señoritas deciden que la vida no tiene sentido y que, por lo tanto, lo único que pueden hacer es convertirse en malas. ¿Qué implica esto? Desde comer sin control en un restaurante lujoso y dejar que la cuenta corra a cargo de un hombre que las mira horrorizado, hasta bañarse en una mezcla casera de leche, huevos y recortes de revistas. Es difícil suprimir la risa nerviosa cuando destruyen las sábanas de su cuarto y lo convierten en un edén improvisado, o cuando arrasan con un banquete perfectamente puesto y terminan haciendo un desfile de modas sobre el mantel blanco. Sus acciones nos provocan una mezcla de placer infantil – un “¡siempre quise hacer eso!” – y una punzada al hígado del neurótico que todos llevamos dentro.

Nuestros botones del gozo y de la perturbación no sólo son oprimidos por los desmanes de las protagonistas, sino por la manera en la que está construida la película.

Al inicio, antes de convertirse en “malas”, el universo es blanco y negro y los movimientos de las jóvenes son acompañados de un rechinido, parecido al que harían las articulaciones de una muñeca oxidada. Después de su transformación nihilista, rara vez regresamos al mundo en escala de grises; ahora disfrutamos de las travesuras de las protagonistas en vibrante tecnicólor. El diseño de sonido nunca deja de ser juguetón; oímos sus pasitos de pato en tacones, una marcha militar o el sonido de sus bocados como en altavoz. Es una delicia audiovisual.

Disfrutamos de las travesuras de las protagonistas en vibrante tecnicólor.

Disfrutamos de las travesuras de las protagonistas en vibrante tecnicólor.

Y mientras seguimos el desarrollo de esta historia, que es casi inexistente, tenemos la sensación de que hay una (o varias) dimensiones de sentido a sus aventuras. Todo parece arbitrario y al mismo tiempo significativo. Las pervertidas se presta para el análisis; desde las implicaciones de sus excesos en el contexto social y político de la realización de la película –Checoslovaquia en 1966-, hasta una lectura de género. En una escena, ellas escuchan una declaración de amor por teléfono mientras mutilan y devoran pepinillos, salchichas, huevos y plátanos… el chiste se cuenta solo. Sin embargo, en una primera vista yo aconsejaría dejar lo simbólico a un lado y regodearse en el caos y la destrucción.

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