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Conflictos sociales

Nuevos paradigmas en el cine latinoamericano

Por Raduan Sánchez

5 dic 2018

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Cuando se abarca algo tan grandilocuente como América Latina solemos encontrar una versión generalizada de sus problemáticas; ideas preconcebidas con las que se trata de forzar una temática por el simple hecho de compartir una región, distinta y amplia como un continente. Muchas veces, este espacio es tan amplio y complejo que el detalle de los enfoques regionales y nacionales parecen estar en distinta frecuencia, y el proceso histórico que los une está ausente, a pesar de que sus temáticas son tan parecidas.

No es fácil lograr una perspectiva que permita dimensionar los fenómenos de diferentes países de forma global —en este caso, el cine de ruptura del 68— sin caer en el enfoque ahistórico y la especulación de quedarse simplemente en indagar el producto cultural, donde las coincidencias pueden ser más obvias. En vez de arriesgarse a lo complejo de plantear la forma en que los sucesos, por más locales que se desarrollen, dependen de fenómenos globales que están en constante pugna por transformar los territorios, imaginarios o concretos, de las localidades que se debaten la vida entre rupturas.

Ante esa problemática, el coordinador del libro Las rupturas del 68 en el cine de América Latina (Akal), Mariano Mestman, hace una introducción con la que es posible tener en cuenta las diferencias y coincidencias a la hora de entrar en detalle en cada país, para saber que estamos ante un periodo complejo de abordar, pero que con una buena guía nos es más fácil vincularlo a nuestro presente. Sus páginas presentan las dificultades que implican los términos y los tiempos abordados, para que cuando leamos por país entendamos algunas claves que los unen.

El libro consta de ocho capítulos focalizados en la cinematografía de un país diferente cada uno (Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Colombia, México y Uruguay), y en lo que distintos expertos opinan para desentrañar las particularidades de cada caso. Los capítulos, por la ambición con la que los autores indagan en su tema, también se leen como parte de un proceso global, pues a pesar de las diferencias que puede haber entre el 68 en Bolivia o en Argentina, encontramos problemáticas que son comunes, y que serán retomadas desde diferentes ángulos. Entre los fenómenos que nutren a la corriente llamada de ruptura, sin duda, estará abordada la Revolución cubana, no sólo como alimento espiritual, sino a partir de relaciones concretas que se empezaron a tejer, como los intercambios promovidos por el ICAI (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos); pero también los festivales que se volvieron icónicos para el debate y proyección de las nuevas tendencias, como el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar en el 67, o el Festival del Cine Venezolano en el 68. Así podemos pensar la forma en que se fueron forjando las distintas redes de colaboración para ejercer un cine latinoamericano que rompiera con la de dependencia de ceñirse al gusto del los festivales europeos y a las estéticas hollywoodenses.


Las rupturas del 68 en el cine de América Latina es un libro sobre el cine, pero, por fortuna, no se queda sólo en el séptimo arte, sino que cuestiona la forma en que se producía el cine que cambió para siempre el paradigma estético de la región. Es imposible negar la historia por la que están atravesadas las producciones artísticas, los debates en los que se configuró, y las prácticas en las que se identificaron sus creadores.

Además de las disteraciones por país, el libro cierra con tres ensayos que abordan la problemática del cine latinoamericano desde ejes menos locales, como lo es el caso del escrito de María Luisa Ortega, en el que reconstruye muy bien cuáles son las disyuntivas del género documental en esa época, o la problemática tan presente de la identidad nacional en la estética cinematográfica, abordada con claridad por Paula Halperin.

El libro también nos permite percibir que el horizonte de esa época es muy amplio. El 68 significa ideas distintas en cada región. Este escrito pertenece a la colección de biblias necesarias, puesto que los debates de esa época están muy lejos de estar agotados. Si bien, en el ámbito especializado, los nombres de Pino Solanas, Tomás Gutiérrez Alea o Glauber Rocha no son desconocidos, para la mayor parte de la gente en América Latina sí son más desconocidos que Jean-Luc Godard, Billy Wilder, o Bernardo Bertolucci, por decir algunos ejemplos. Y no son sólo ellos, son una multiplicidad de tendencias y debates que la balcanización de América Latina no ha permitido mostrar en toda su dimensión. Muchos de esos filmes están esperando manos que los proyecten a un nuevo público. Esfuerzos como este nos invitan a indagar cuáles son nuestras raíces latinoamericanas más fuertes, pero también a pensarlas de manera crítica; una actitud imprescinible para nuestros tiempos.

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