Conflictos sociales

Cassandro, el Exótico

Por Jessica Oliva

10 jul 2019

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En lugar de explorar a una figura inserta en la historia de la lucha libre, el segundo largometraje documental de Marie Losier se detiene más bien a observar a un luchador libre. Saúl Armendáriz, conocido como Cassandro, el Exótico, ha batallado toda su vida de dos a tres caídas, sin límite de nada: ni de tiempo, ni de geografías, ni de estereotipos, ni de etiquetas. Aunque creció en El Paso, Texas, siempre se consideró mexicano; aunque su deporte es dominado por lo masculino, él se vistió de licra rosa y se cubrió con maquillaje y brillantina; aunque lo encasillaron en el grupo de “los Éxoticos” por su orientación sexual, demostró que podía hacer mucho más que sólo ser la comedia del ring. Un campeonato en 1992, el primero de peso ligero ganado por un Exótico, lo avala.

Losier identifica esta ausencia de fronteras en Saúl durante los cinco años en los que lo sigue con la cámara –los últimos de la carrera del luchador–, y se encarga de que la palabra clave de sus imágenes en 16 mm sea “libertad”. Cassandro encuentra en la lucha libre un lugar donde sus problemas desaparecen; Cassandro busca arrancarse las cadenas de sus adicciones; Cassandro cae de espaldas y se levanta una y otra vez; Cassandro vuela: desde las cuerdas, en las llaves, desde el techo.

La naturaleza de su sujeto libera a su vez a la cineasta de tener que seguir las convenciones documentalistas. Ella está ahí, siempre presente, le habla, reacciona, lo aconseja, se preocupa, la vemos reflejada en un espejo, baja la cámara cuando se lo piden. A momentos, su involucramiento y su exploración con distintos tamaños de cuadro nos hace sentir como si estuviéramos más bien frente a un pietaje encontrado, quizá el de un invaluable video casero grabado por un amigo de la familia, hallado décadas después para recordarnos las entrelíneas de la vida.

En Cassandro, el Exótico, el cuadrilátero es finalmente otro escenario en donde la diversidad suele encontrar –no sin heridas– esa liberación que a la sociedad mexicana le gusta admirar desde abajo, pero reprimir en la cotidianidad. El lugar donde las personas como Saúl viven su verdad desde el escu- do y el oasis de un personaje. Losier renuncia a contextualizar demasiado, a historizar, a narrar sus orígenes o sus momentos como sus dos intentos de suicidio: sólo se concentra en dibujar, de forma etérea y a tiempos onírica, el ocaso de quien hizo lucha verdaderamente libre.

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